Opinión

De algunas palabras feas

Nuestros pensadores siniestros encontraron otra muletilla para justificar fantasías: neoliberalismo.

11 de abril 2017 , 12:00 a.m.

Nuestros intelectuales de izquierda, cualquier cosa que esta reducción al absurdo de unos términos quiera decir, camuflan torpezas conceptuales de trastienda de tanguería, y su falsa indignación perpetua, con palabras ambiguas, que a la postre no pasan de ser meros clichés o, como dicen hoy los muchachos, simples memes, runrunes vacíos. Es extraña la fascinación que ejerce en los animales de izquierda y de derecha el ritmo de unas sílabas más allá de su significado.

Un tiempo fue muy socorrida en las capillas de la izquierda exquisita, la de vodka ruso y gorro de astracán, lo mismo que en las de simple aguardiente y gorra de paño proletario, la condena del imperialismo. El yanqui, claro, para soslayar la realidad rotunda del otro coloso que disputó el espacio del espíritu humano en la segunda mitad del siglo XX: el gran imperio bolchevique, mezcla impotable de barbarie asiática y de filosofía alemana.

Todos los imperialismos son horribles. Huelen a botas militares, a hierro colado, a pólvora. Pero también son atractivos, como los abismos de los tornasoles en las perlas. Los imperios son hermosos. A pesar de sus pompas ridículas, sus ínfulas con leones simbólicos y águilas y festones vegetales venidos del fondo de la savia ancestral de la prehistoria. Y de sus crímenes inevitables.

Supongo que el neoliberalismo debe estar lleno de defectos, como suponen los corifeos de
la bufonada chavista. Pero es preferible cualquier cosa al modelo estatal venezolano.

Todos los imperios, desde la Roma corrompida de los césares que leyó a Virgilio y soportó a Nerón, fueron poderosas concentraciones de fuerzas vitales, grandes realizaciones de la biología. El imperio soviético representó una síntesis inclemente de asiáticos y eslavos entreverados, acostumbrados al sufrimiento, a los látigos, a dominar y a humillar, puesta bajo el amparo de un descendiente de rabinos liberalizados por la inteligencia del individualismo de San Martín Lutero.

A propósito. Por qué los papas no canonizan a Lutero por fin. Llegará el día. Y entonces tal vez yo vuelva a andar bajo los palios de san Pedro y a volear incensario, como en la infancia. Por ahí debo tener todavía los roquetes. Y el bonete se compra donde compremos la sotana, hecha con mucha probabilidad en la China de los nuevos emperadores rojos del PCCH, convertida en la fábrica del mundo.

Hoy, nuestros pensadores siniestros encontraron otra muletilla de oricalco para justificar sus fantasías: la voz ‘neoliberalismo’. Todos los males humanos tienen origen en el neoliberalismo en las cuentas de su coja aritmética. Que además asocia el membrete con otras aparentes infamias: el comercio, la ganancia, la globalización, la riqueza de los individuos.

Yo no tenía clara la condición de este demonio de nuevo cuño. Pero indagando no lo encontré tan terrible como quieren hacernos creer los ideólogos del socialismo del siglo XXI, que le contraponen la superstición del Estado hegeliano como máxima expresión de lo racional. A pesar de sus viejos fracasos, tan ostensibles y tan numerosos.

El neoliberalismo fue una opción de la desesperación política, comenzada a probar sobre las cenizas de la última guerra mundial que asistió a la irrupción del caos en un orden que se canibalizó hasta los tuétanos. La última guerra mundial fue la confrontación del Estado con su esencia brutal. El totalitarismo de clase en nombre de la plebe hechizada y el totalitarismo de la sangre en nombre de las aristocracias convirtieron en camposantos las grandes capitales de la civilización cristiana, en un sacrificio espantoso, en una orgía de polvo cuyo recuerdo aún arruga el alma.

Supongo que el neoliberalismo debe estar lleno de defectos, como suponen los corifeos de la bufonada chavista. Pero es preferible cualquier cosa al modelo estatal venezolano, esa nueva forma del cristianismo, según le oí decir a Nicolás Maduro en su programa dominical de televisión. Y ponía una cara de cándido que daba lástima. Y susto. Pobre mi Venezuela en manos de semejante filósofo...

EDUARDO ESCOBAR

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