Opinión

Banalización de la literatura

Unos escriben 'Don Segundo Sombra'. Otros persiguen un balón de aire, como Messi.

08 de mayo 2018 , 12:00 a.m.

No necesité soportar los aguaceros de la Feria del Libro de Bogotá, ni pasar las de Tántalo tragando saliva ante de los mostradores sembrados de tesoros misteriosos y de golosinas de pasar el rato, para acompañar la indignación de Alberto Manguel, director de la biblioteca de Buenos Aires, que regentaron Groussac y Borges. Manguel le sacó tarjeta amarilla a la idea de montar un campo de fútbol en una feria del libro dedicada a la Argentina. E ironizó contra lo que llamó el populismo. ¿Acaso celebramos futbolistas como Borges, Casares, o Julio Cortázar? Pregunta.

Pero nada podemos contra la inercia de las cosas, señor Manguel. En las abruptas lógicas de ahora, en la decadencia de unos valores queridos pero desgastados, un libro es como un gol. Y a veces como un gol espurio de Maradona, según colige el instinto de la trampa que tampoco escasea en los reinos fabulosos de la literatura. Cada cual realiza su vida como puede en la nave de locos del mundo. La stultifera navis que a veces sirvió de recurso para hacer poesía.

Unos escriben 'Don Segundo Sombra'. Otros persiguen un balón de aire, como Messi. Un organismo inviable, según la leyenda olímpica, que acaba siendo el dios de una iglesia imposible de entender para quien quiera preciarse de estar en sus cabales, que arregla sus cuentas para engañar al fisco. Porque el talento de los pies necesita de las añagazas de los contabilistas. Como todo el mundo, los políticos, los curas, militares y actrices. El engaño de la gambeta es la metáfora elaborada con las extremidades inferiores.

Somos de una generación que veneraba los libros. Y nos resistimos a su banalización.

Mafalda, esa argentina eminente que jamás crece, ni acaba de odiar la sopa, diría: hace cincuenta años, el pabellón argentino habría incluido la caricatura de un buey a punto de convertirse en parrillada. O una fotografía de Perón saludando junto a sus bailarinas adamantadas mientras claman por los pobres. O una orquesta de tanguistas, hijos de italianos, disfrazados de gauchos con cuchillos de utilería. Ayer, al papa Francisco, autor de encíclicas de lugares comunes. O a la familia Kirchner unida en la avidez de los ladrones. O a Fito Páez con sus espasmos fingidos. Pero el Che Guevara habría lucido tanto como Inodoro Pereyra.

Según me dijeron, la feria trajo su youtuber también este año: uno de esos muchachos que miman el idiota que llevan dentro con desvergüenza heroica, apenando la inteligencia de los fotones que corren por los computadores. Supongo que Manguel hubiera elegido como representante de la cultura argentina a Borges, de quien fue secretario y lector, a Borges, que somos todos. Pero un ciego en una feria del libro es incongruente, por más que nuestra tradición literaria esté fundada en las obras de otro ciego sombrío, el padre Homero.

El deporte fue un asunto de la poesía, desde Píndaro y la 'Ilíada' y los años de Guillermo de Aquitania, cuando los caballeros, que a veces eran también poetas, se destrozaban vestidos de hierro embistiéndose con sus caballos bien cebados para deslumbrar con sus vómitos de sangre a las damas de las cortes de amor, hasta las amistosas sesiones de boxeo de Hemingway y Pound. Y las hazañas de futbolista de Camus.

En la gran tergiversación del mundo, a mí también me cabrean esas cosas. Pero es que somos de una generación que veneraba los libros, mi admirado Manguel. Y nos resistimos a su banalización. La semana pasada, una procesión de muchachos absortos hizo fila para contemplar la copa mundo como si fuera un brocado de Cellini. Y me dio mucha pena. Pero me dije que tal vez la literatura es otra forma de la estulticia. Sobre todo para quienes, como usted, Manguel, y como yo, la vida de las letras es una especie de sacerdocio más que una forma de divertirse. Pues nos hicimos viejos adorando la tragedia de la demencia humana en un solterón plagado de moretones llamado don Quijote, a quien enloquecieron sus libros, y al pobre licenciado Vidriera.

EDUARDO ESCOBAR

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