Opinión

Alabanza de Juan de Castellanos

Nadie se acordó de quien algunos consideran el fundador de la literatura nacional.

05 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

El último lunes de noviembre se cumplieron 410 años de la muerte de don Juan de Castellanos en Tunja pasados los ochenta, pero nadie se acordó de quien algunos consideran el fundador de la literatura nacional, aunque nació en Sevilla, por una razón: porque se atrevió a escribir en estas tierras, a donde llegó veinteañero, una monstruosidad: 'Elegías de varones ilustres', un poema de 113.609 versos endecasílabos agrupados en octavos reales, que comenzó a gestar en Cartagena y terminó en Tunja cuando esa ciudad de iglesias y neblinas era un activísimo centro económico en el proceso de solidificación del poder colonial de España.

Soy un lector voraz. Pocos libros se me quedaron sin terminar en esta vida por arduos que fueran. Y sin embargo apenas ahora, al borde de mi segunda madurez, la emprendí en serio con el poderoso mamotreto después de haberlo manoseado por treinta años sin osar embarcarme en la aventura. Una fábrica de palabras de ese tamaño, y en octavas reales, desalienta a cualquiera. El mejor lector se previene. Es atroz a primera vista ese arrume de rimas descosidas en ocasiones, plagado de palabras que murieron hace tiempos. Pero cuando uno le coge el ritmo del caminar, hipnotiza como la mejor de las novelas.

Don Juan declara su intención. Si se cantó Troya y se cantaron tantos y tantos episodios de la historia de la guerra, bien merece la conquista de América el registro de sus héroes. Suele disminuirse confesando la incapacidad de su flaca lira para la tarea. Pero es pura modestia retórica de cura bueno, cansado de la vida militar. El libro realiza una panorámica, bella y macabra, del enfrentamiento de dos mundos. Una enorme película con recursos de Homero.

Don Juan hace gala del buen humor, ironiza, sermonea, llama a las lágrimas jugo de los ojos y alaba por igual la belleza y la nobleza del indígena y las generosidades del europeo, que las hubo.

La descripción de los ejércitos aborígenes empenachados de guacamayos, con leones de oro refulgiendo en el pecho, recuerda esos pasajes de la Ilíada donde se pintan los escudos de los guerreros. Lo mismo que las largas metáforas para explicar cómo se derramaban como las arenas las turbas de los aborígenes desbaratados en un reguero de huesos y de dientes por los caballos. A veces descansa del jaleo con una historia de amor, una boda en una tribu o la mención de esas reinas ardientes que se enamoraban de los muchachos españoles y se les regalaban en sus hamacas.

El libro trágico narra la saga, tan digna como la de Troya, pero peor en dolores, de unos hambrientos obsesionados por el oro que a veces no tenían sal y enloquecían por su falta. Tropas de aventureros hediondos vagan por los territorios enormes, más cadáveres que vivos, a veces ciegos, los dedos engarrotados, cundidos de gusaneras que drenan con cañutos, desollados por los mosquitos. Algunos tontos aún gimotean con mocos de utilería. Pero es inútil ya lamentar esas cosas. Los hombres de un tiempo, educados en el catolicismo, se atrevieron contra unos pantanos desconocidos plagados de tigres, enfrentaron huracanes, padecieron naufragios y pestes. En un ambiente de delirios y traiciones: los indígenas vendían a los suyos a los recién llegados. Mientras estos se mataban entre ellos acosados por la paranoia.

Con todo, don Juan hace gala del buen humor, ironiza, sermonea, llama a las lágrimas jugo de los ojos y alaba por igual la belleza y la nobleza del indígena y las generosidades del europeo, que las hubo. Algunos piensan que en el poema falta la poesía. Pero está lleno de versos luminosos que surgen en la maraña cuando deben, sin desviar el propósito, que es honrar a un montón de ladrones ilustres, y fuertes, unos pobres al fin, y otros afortunados, que salieron ricos de la hazaña incomparable.

Es imposible no agradecer al sevillano la crónica de nuestros desórdenes originales. Cuando Europa injertó por la fuerza del hierro el lujo del pecado y las marrullas del cohecho en el tronco de unas razas cándidas y crueles, cuya hora había pasado en el misterioso discurrir de la historia.

EDUARDO ESCOBAR

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