Opinión

Después de la firma

Sin las Farc en armas podremos pensar en lo importante y no solo en enfrentar los incendios del presente.

26 de septiembre 2016 , 08:53 p.m.

Pertenezco a la generación de la guerra. He sido, como millones de colombianos, testigo y víctima de sus dinámicas y sus secuelas en lo económico y lo social. Nací cuando estaba en ejercicio el último gobierno del Frente Nacional, en el que las élites políticas de los partidos Liberal y Conservador hicieron esfuerzos para superar la matanza inaudita de la época de la Violencia.

De niño crecí como espectador ingenuo del fracaso de dicho esfuerzo ante la falta de soluciones a los problemas estructurales, seguido del nacimiento y paulatino fortalecimiento de las guerrillas del M-19, Farc, y Eln. Luego, en mis años de escuela secundaria y aún lejos de poder procesar plenamente sus implicaciones, observé por televisión la toma del Palacio de Justicia. Mi padre, cuya sede laboral se encontraba ubicada a escasos metros, fue evacuado junto a cientos de ciudadanos que desde entonces quedarían marcados por uno de los episodios más impactantes de esta guerra, que luego alcanzaría dimensiones incluso más crueles por cuenta del narcotráfico.

Ya en mi edad adulta padecí de primera mano las consecuencias del conflicto, al entender que yo era parte de una sociedad considerada fallida por la comunidad internacional en donde el éxito profesional era castigado por la atrocidad del secuestro. Una sociedad en la que la única presencia estatal que conocían muchos campesinos era el sonido de aeronaves que descargaban sustancias tóxicas sobre sus hijos, sus cultivos y sus fuentes de agua. En un testimonio que será lugar común para muchos de mis lectores, tengo conocidos, amigos y familiares que fueron desterrados, chantajeados, secuestrados o asesinados.

Es por esto que el día de hoy lo considero motivo de celebración. Es septiembre 27 del 2016 y, para el momento de escribir estas letras, me preparaba para vivir la oportunidad de asistir al acto protocolario para la firma de la paz en Cartagena. Es probable que para cuando se lea esta columna los titulares de los medios registren el optimismo infinito y la esperanza de un mejor país validada por la presencia de centenares de dignatarios, personalidades y líderes del continente y el mundo. Si los mensajes y promesas que de allí seguro salieron se vuelven realidad, estaremos frente a una nueva sociedad en la que el talento colombiano y el potencial de nuestras riquezas naturales y geográficas se podrán convertir, por fin, en el vehículo para desarrollarnos social y económicamente.

Son inmensos los desafíos después de la firma. Para empezar, se acaban las excusas para postergar la discusión acerca de cuál debe ser nuestro modelo de desarrollo y de generación de empleo, equidad y bienestar para la población. Sin las Farc en armas podremos pensar en lo importante y no solo en enfrentar los incendios del presente. Llega también el momento de avanzar de forma definitiva en la reforma agraria que desde siempre hemos estado en mora de implementar, así como de hacer de nuestro sistema de salud un promotor de calidad de vida en lugar de un negocio para unos cuantos. Los retos por priorizar incluyen, por supuesto, el mejoramiento de la educación pública, en donde la tarea exige generar, perfeccionar y expandir los programas y recursos que permitan cerrar las brechas que limitan nuestra competitividad en un contexto internacional de economías basadas en la innovación y el valor agregado.

Finalizo deseando que el combustible para todo lo anterior crezca con la expectativa, la esperanza y el entusiasmo que aún me embriaga: qué bueno haber logrado el acuerdo, qué buena su celebración y qué bueno que hoy estemos un paso más cerca de la Colombia que anhelamos. Por primera vez siento que es una posibilidad real y no solo un sueño.


Eduardo Behrentz

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