Opinión

Carreteras y subdesarrollo

Transitar por carretera es un recordatorio de lo lejos que estamos de ser una sociedad desarrollada.

08 de enero 2018 , 12:45 a.m.

Transitar por la carretera entre Armenia e Ibagué, pasando por el alto de La Línea, es buen recordatorio de lo lejos que estamos de ser una sociedad desarrollada. En esta vía, esencial para nuestra economía, se combina la ausencia del Estado con la pobreza del sector empresarial y la carencia del respeto por la propia integridad.

Y nos parece normal que así sea y que, después de décadas de cierres, derrumbes y obras inconclusas, no hayamos sido capaces de sortear un desafío topográfico de unos cuantos kilómetros. Y, peor aún, en la más irracional de las respuestas, los ciudadanos nos comportamos como perfectos antisociales en el momento de hacer uso de dicha infraestructura. El paso del alto de La Línea, no obstante su importancia en el entrenamiento de grandes glorias del ciclismo, debe ser motivo de vergüenza nacional.

Entre Cajamarca y Calarcá, en un recorrido inferior a 45 kilómetros de longitud, es común tardarse más de dos horas y media (un maratonista lo haría en menos tiempo), que en temporada de vacaciones pueden convertirse en más de seis.

En este trayecto, por el cual circula la mitad de la carga que el país exporta, se evidencia esa Colombia a la que no llega la capacidad institucional, haciendo parecer cosa ridícula la pretensión de ingresar al club de naciones desarrolladas que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde).

¿Qué pensarían sus auditores si los lleváramos a conocer el par de casetas que llamamos peaje Cajamarca y les explicáramos que es una de las dos opciones que existen para unir nuestro principal puerto comercial con el resto del territorio?

En esos 45 kilómetros, vitales para el comercio exterior, se observa una fila interminable de grandes tractomulas que no caben en la carretera y con frecuencia deben detenerse por completo para dar paso al colega que viene en la dirección inversa y coincide con ellas en alguna de los centenares de curvas pronunciadas que violan todo estándar de diseño de una vía moderna. Esto cuando no es uno de tales vehículos que, cargando más de 30 toneladas y sabiendo que no puede perder su impulso en pendientes que llegan al 15 por ciento, se toma el derecho de transitar por la calzada contraria y sacar del camino a quien se tope en su curso.

Lo anterior mezclado con buses intermunicipales y algunos vehículos privados que en los sentidos de descenso viajan a toda velocidad para compensar parte del tiempo perdido, rebasando en curvas y segmentos sin visibilidad en un permanente juego de ruleta rusa. Para completar el coctel, habitantes locales se ven obligados a caminar por el borde de la vía o utilizan bicicletas sin dispositivos reflectivos.

Semejante vivencia da sentido a las cifras sobre el atraso vial del país, en donde ocupamos el lugar 126 entre 144 naciones evaluadas por el Foro Económico Mundial en lo referente a calidad de carreteras y apenas superamos a Nicaragua en el índice de desempeño logístico del Banco Mundial.

Existe la promesa de la nueva vía de varios carriles, con grandes túneles y viaductos, pero necesitamos que ese sueño no sea esquivo y que el testimonio visual del actual avance de las obras no termine convertido en el mayor de los elefantes blancos de los tiempos recientes.

Confieso que en el desespero de haber estado atrapado por largas horas en este ‘carreteable’, se me ocurrió la propuesta de que en Colombia no se inicien nuevos contratos ni se asignen más concesiones viales hasta que no hayamos resuelto de forma moderna y efectiva el paso terrestre por la cordillera Central. Simplemente no podemos esperar otro siglo para que esto suceda.

EDUARDO BEHRENTZ
En Twitter: @behrentz

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