Opinión

La paz es para los pueblos

Para todos los caminos de los Andes, para todas las trochas; para que el enterrador de Marsella no tenga que hacerse cargo de muertos ajenos.

05 de septiembre 2016 , 07:41 p.m.

Paz para votar, paz para no votar, paz para decir Sí, paz para decir No, paz para no saber qué significa lo uno o lo otro; paz para ir a caminar y paz para quedarse sentado; paz para cantar, paz para escuchar cantar y paz para no cantar ni escuchar; paz para mirar el atardecer y paz para quedarse en casa mientras el atardecer termina.

Para Saravena, las veredas de Tame, para Casuarito, San Martín, La Maporita y Maní; paz para Puerto Carreño, Guamal, Cubarral y Paujil; para las veredas de El Desastre, La Gloria y Gamarra, para Manaure, Urumita, Codazzi, Barrancas y Maicao; para la gente de Portete, de Nazareth, de Punta Espada y Puerto López. Paz. Para Astrea, El Copey, El Difícil, Magangué, Arenal y Tamalameque, Santa Verónica, Soledad, Malambo, Talaigua, Zambrano, El Salado, Mampuján, Turbana, Barranco de Loba; para Ituango, San Carlos, Puerto Berrío y Granada, Puerto Iglesias, Jericó y Jardín; paz para Chinchiná y Belalcázar, Pensilvania y Arauca, Santágueda, Anserma, La Virginia, Viterbo y Salamina. Cajamarca, Venadillo, Santa Isabel, Garzón, Puerto Inírida, San Felipe, Puerto Colombia, Mitú, Cumaribo, Tarapacá, La Pedrera, Puerto Guzmán. Paz para San Miguel y el valle del Guamuez; para Barbacoas, Magüí Payán, Roberto Payán, Timbiquí, Naya, Tumaco, San Isidro, Pizarro y Saquianga. Paz Leticia, Paz Garzón, Paz.

Para todos los caminos de los Andes, para todas las trochas, para los ríos del Pacífico, por donde se cantan alabaos y sanantonios para los muertos; para que no se repita El Billar, el Salado, Bojayá y La Gabarra, y para que las mujeres no tengan que llorar cuando escuchen un porro.

Para que el río Catatumbo jamás tenga que llevar en sus aguas pedazos de gente mal matada, para que el enterrador de Marsella no tenga que hacerse cargo de muertos ajenos, para que no se repita la historia de Toño, que quedó loco después de un combate; para que el novio de Carmen se quede a formar un hogar. Paz. Para que ninguna Alicia tenga que enterrar a sus hijos. Y para que el relato de un pueblo abandonado por la guerra no se repita.

En la habitación más grande, junto al cadáver de una máquina de coser, había un pequeño tarro de colores, redondo y de poca altura, donde todavía reposaba un costurero: el alfiletero era un almohadón cubierto de felpa, que a su vez tenía una casita campesina de felpa, y gallinitas, y marranos, y un río de felpa. Estaba lleno de agujas de todos los tamaños, una de ellas ensartada con un hilo café, que quedó lista y desocupada porque a lo mejor no alcanzó a coser un dobladillo. Junto a la cocina había un balón desinflado, autografiado por los héroes de un torneo local, que nadie alcanzó a empacar por tanta urgencia. Y en la pared contigua a la cocina había un retablo, con un letrero escrito a mano alzada que decía:

Bendice esta casa, oh Señor
guárdala de todo lo peor.
Bendice estos muros robustos
aleja pesares y disgustos.
Bendice sus techos y sus tejas
que tu paz todo lo proteja,
y haz que mantenga sus puertas
al amor y a la dicha abiertas.

Y ese letrero hacía de aquella casa abandonada un espacio aún más desolado porque aquella pequeña oración no había sido suficiente. La guerra pasó por encima de los buenos deseos y hasta ahí llegaron los planes de futuro. Lo demás fue huir y huir y huir...

Cristian Valencia
cristianovalencia@gmail.com

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