Opinión

Frialdad ante la paz

La indolencia que se observa aun entre los que fueron sus grandes abanderados no puede continuar.

13 de febrero 2017 , 01:03 a.m.

Muchos de los colombianos que se la han jugado por la paz y que en aras de conseguir este bien superior para Colombia pusieron de lado muchos prejuicios se preguntan cómo se pasó en esta sociedad de la euforia a la absoluta frialdad frente a este tema.

No más ayer salimos a las calles a pedir “Acuerdo ya”; también repartíamos flores blancas caminando por las calles principales de las ciudades de este país. Fue cuando la juventud triplicó sus jornadas para manifestar su compromiso con el hecho histórico de que Gobierno y Farc llegaran a un acuerdo y empezara un período distinto en este país. ¿Qué pasó?

Hoy, cuando es realidad el desplazamiento de los guerrilleros de las Farc a los sitios previstos de concentración para que empiece la entrega de sus armas a las Naciones Unidas; cuando, por fin, se inician los diálogos con el Eln, la respuesta positiva de la sociedad colombiana no existe. Y las disculpas no son válidas.

Es verdad que estamos anonadados por los niveles a los cuales está llegando el país, el escándalo de Odebrecht. Parecería que les llegó la hora a esta política corrupta que nos ha dominado, a estos empresarios sin ética y a todos los envueltos en este saqueo del Estado. Pero, en este caso, lo único que necesitamos es la verdad que debe venir de la justicia y no de la chismografía en los corredores de los cocteles de Bogotá y en los clubes de las ciudades del país.

Mientras tanto, el proceso de paz pasó del papel a la realidad, así les duela a quienes no han hecho otra cosa que desprestigiarlo y ponerle trabas, que al final no les han funcionado. Pero esta entrada a la nueva era de una Colombia sin conflicto interno necesita con urgencia el apoyo de la ciudadanía, como el enfermo requiere del oxígeno para respirar. La indolencia que se observa aun entre los que fueron sus grandes abanderados no puede continuar, porque sería igual pecado que el cometido por aquellos que trataron de frenarlo.

Apenas se inicia el posconflicto y esta apatía puede matarlo en sus primeros días de vida que en todo proceso de cambio, como en los seres humanos, son precisamente en los que se decide su probabilidad de vida o de sostenibilidad en el tiempo. Es una gran irresponsabilidad desconocer la importancia del momento en que vivimos.

Por terrible que sea el descubrir que todos nuestros temores sobre la corrupción del país se están comprobando, no podemos ignorar que se está empezando a cumplir el sueño de llegar, en algún momento, a ser esa sociedad justa y, como se ha dicho, ser un país normal.

El posconflicto necesita la energía positiva de la ciudadanía y la credibilidad de los millones de habitantes de este país. En fin, que se reconozca la importancia que se merece semejante proceso de cambio en la forma de hacer política. La violencia y la corrupción explican gran parte de nuestros males y por lo menos uno de esos dramas tan incrustado entre nosotros –resolver a bala nuestras contradicciones– parece que se mueve por el camino de las soluciones reales.

No le demos la espalda, porque en paz se puede dar lo que ahora añoramos: una nueva dirigencia en la política y en el sector privado, donde la ética y las buenas costumbres vuelvan a estar en el centro de la forma de actuar de todos los ciudadanos de nuestro país.

No se acabarán los problemas, pero, como en el resto del mundo, se seguirán buscando soluciones sin la gran preocupación de estarnos matando. Sin tener que destinar no solo recursos, sino energía en contrarrestar esa manera absurda de enfrentar las diferencias que ha caracterizado nuestra historia. La paz es la bandera que tenemos que enarbolar de nuevo, sin dejar de enfrentar todo lo que significa sacar a la luz la forma como unos cuántos se han robado este país.

CECILIA LÓPEZ MONTAÑOcecilia@cecilialopez.com

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