Opinión

El miedo a la verdad

Las víctimas han dicho en todas las formas que lo más importante para ellas es conocer la verdad.

18 de septiembre 2016 , 02:54 a.m.

Las víctimas, la mayoría mujeres, han dicho en todas las formas que lo más importante para ellas es conocer la verdad. Dónde están sus muertos; por qué los asesinaron; qué pasó con sus tierras y pequeñas propiedades; dónde están sus hijos desaparecidos; por qué están dentro del grupo de ‘falsos positivos’. En un país que ha vivido el conflicto armado de manera tan desigual, en medio de sombras, de informaciones a medias o de ignorancia e indiferencia preconcebidas, solo se podrá iniciar la nueva etapa que Colombia se merece si se sabe la verdad.

Pero esta posibilidad está produciendo pánico entre quienes tienen mucho que decirle al país. No porque hayan sido culpables de horrendas masacres que cometieron los paramilitares o la guerrilla, ni por desaciertos de las Fuerzas Militares, como sucede en las confrontaciones armadas, sino porque conocen una parte de esta dolorosa historia que muchos tienen la obligación de contar y que todos los colombianos debemos conocer.

Para cumplir con el principio de “no repetición”, es vital conocer cómo se llegó a la decisión de que ante un Estado débil, que nadie niega, la solución para enfrentar a la guerrilla fue financiar ejércitos privados. ¿Cuáles fueron las razones de fondo para no fortalecer el Estado para que cumpliera esa labor? ¿Se analizó esta alternativa alguna vez? Por qué se desistió de esta posibilidad. Esta verdad es un pilar para construir una sociedad distinta.

La otra verdad indispensable es: ¿por qué, cuando los paramilitares empezaron a cometer atrocidades iguales o peores que las de la guerrilla –según lo afirman los estudios de Memoria Histórica–, quienes fueron víctimas o patrocinadores de este ejército privado callaron? ¿Miedo, imposibilidad de hacerlo, falta de seguridad pública, o qué otras razones existieron? ¿Aquellos que por sus abundantes recursos o por altas posiciones fueron permanentemente extorsionados no encontraron el camino dentro de la legalidad para frenar este flagelo?

¿Y aquellos que los patrocinaron no vieron otra alternativa? Conocer estas y muchas respuestas más es parte de esa verdad que permitirá empezar a identificar debilidades históricas de un Estado que debe recomponerse, de unos liderazgos que tienen que cambiar, de un ejercicio de la política que se aparte del interés particular para defender el interés de todos.

En aras de la paz, no se trata solo de identificar culpables de este desastre que algunos no sintieron, pero que fue una dolorosa realidad para muchos, especialmente en el campo. De lo que realmente se trata es de empezar a construir un nuevo país sobre la base de la verdad. Honestamente, nadie debería siquiera pensar en la posibilidad de que sus descendientes vivieran la zozobra que ha caracterizado la vida de muchos colombianos. Pero eso solo será posible si todos los que, por acción u omisión, somos responsables de este largo período de guerra hablamos, para que entendamos por qué los conflictos han marcado hasta ahora la historia colombiana.

Pero, tal vez, lo que ha generado mayor inquietud, inclusive entre muchas personas de la élite empresarial y social, no es que simplemente tengan que contar la verdad, sino algo más: el miedo a que se derrumbe una de las grandes barreras para que esta sociedad sea más igualitaria. Es decir, si la justicia transicional lo que busca en el fondo es la verdad y les permitiría a muchos empresarios limpiar su nombre al demostrar que fueron víctimas, el miedo a la posibilidad de ser requeridos cuando se reconocen honestamente más como víctimas que victimarios es sentir que la era de los intocables llega a su fin. Sin embargo, es hora de reconocer que una sociedad donde todos sean iguales frente a la justicia, independiente del odioso estrato social en que se muevan, es una verdadera democracia, un país del siglo XXI. Ese debería ser el anhelo de toda la sociedad, independientemente del grado de dolor que haya sufrido por el largo conflicto armado.

CECILIA LÓPEZ MONTAÑO
Miembro de La Paz Querida

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