Opinión

La rabia

No creamos en el cuento chimbo de que el cambio viene con o por la rabia.

12 de marzo 2017 , 01:22 a.m.

De los deseos se desprenden la mayoría de las emociones. Eso dicen los sabios yoguis. Si alguien tiene un deseo y no se le cumple, o se le cumple al ‘vecino’, emergen la envidia, la avaricia y la rabia. Esta última, un sentimiento tan antiguo y destructor como el miedo, cuya potencia destruye la razón, y quien la sufre termina actuando de manera que nunca se imaginó. La rabia rompe las mejores amistades, los matrimonios más sólidos; es una fuente primaria de las guerras, es la enemiga número uno de la paz.

Dentro de pocos días renunciarán los funcionarios del Gobierno que participarán en la próxima contienda electoral, primer campanazo del inicio de las presidenciales. Y aunque es legal y legítimo que los candidatos utilicen las emociones de los ciudadanos para exprimir sus votos, los colombianos que ya hemos pasado las verdes y las maduras en todo tipo de campañas, con posverdad a bordo, debemos estar atentos a los candidatos cuya fuerza dependa de motivar o movilizar la rabia de los ciudadanos.

Ser esclavo de la rabia implica una debilidad mental infinita, porque una persona que actúa bajo su influencia abusa, maltrata e insulta. La rabia es una muestra de egoísmo, de un deseo ‘escondido’ de ser honrado, de imaginarse que se es superior a los demás. La rabia daña el cerebro, el sistema nervioso, envenena la sangre.

¿Aceptaremos que un líder nos inyecte rabia? ¡Mucho cuidado! Eso es reducirnos a una primitiva condición animal, a actuar como seres dependientes de otros, como al ganado que se saca para que tome aire y regrese al corral, sin saber que lo único que le espera de esa caminata es la muerte segura.

A quien lo mueve la rabia o a quien quiere movernos a través de la rabia solo lo motivan su egoísmo y sus complejos de inferioridad. No seamos tan ingenuos en creer que quien utiliza estas bajas emociones lo hace para que todos vivamos mejor, para tener mejor educación, mejor salud, para que haya igualdad, para respetar la dignidad humana. ¡NO! Lo hace única y exclusivamente con el objetivo de utilizar la ira para llegar al poder.

Así que mucho cuidado, porque cuando la rabia está en el trono, la razón se pierde y el entendimiento se eclipsa. El ser preso de la rabia no puede hacer sus tareas diarias de manera clara. Hay síntomas en la cara de una persona que indican la presencia de la rabia en su mente. Minutos de una ira pueden demorar meses o años en repararse.

Tampoco caigamos en la trampa de confundir la legítima e incluso necesaria indignación con la rabia. La indignación da cuenta de una inconformidad en una sociedad que está apenas en proceso de maduración, pero no es egoísta; por el contrario, busca y se basa en la esperanza y no en el odio.

El ser humano es una mezcla de virtudes y defectos, pero es el autocontrol lo que hace que el hombre sea superior a otros seres vivos; cuando la rabia se controla, el mal se controla. Cuando la rabia pasa, el entendimiento se aclara y el discernimiento se activa, se procede sin confusión.

Exijamos a nuestros líderes que dejen la rabia, que actúen de manera serena y tranquila, que no nos pringuen con sus odios, que no nos obliguen a convertirnos en una sociedad vengativa.

No creamos en el cuento chimbo de que el cambio viene con o por la rabia. Al final, esta es como un fuego que consume a quien la posee, pero mientras tanto ha alcanzado a causar mucho daño a los demás.

CECILIA ÁLVAREZ CORREA

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