Opinión

El caldo del populismo

En Colombia se está cocinando un peligroso populismo que puede traer funestas consecuencias.

30 de abril 2017 , 04:07 a.m.

La receta del populista es sencilla: identifica una población descontenta o la lleva al descontento agitando banderas de radicalización. Estigmatiza a unos y los convierte en sus enemigos, endilgándoles la culpa de todos los males de la sociedad. Promete luego solucionar esos problemas, reduciendo a ese enemigo. Y plantea una sociedad utópica en la que vivirían unos elegidos luego de aniquilar al enemigo.

La izquierda y la derecha en el mundo entero han usado esa fórmula, con aparentes éxitos iniciales y con grandes crisis que terminan dejando profundas secuelas en las sociedades en donde se implantan.

En Colombia se está cocinando un peligroso populismo que puede traer funestas consecuencias. El nivel de polarización al que han llevado el país los opositores del presidente Santos invita realmente a la apertura de un camino para que de manera tranquila un carismático líder populista vaya conquistando la insatisfacción de la gente y logre posicionarse como el próximo presidente.

Los colombianos han sido pacientes a la espera de que las promesas consignadas en la Constitución de 1991 se cumplan respecto a mejorar su calidad de vida. Y les asiste la razón: ejemplos muestran cómo la inversión no se concentró por mucho tiempo en mejorar sus condiciones de vida. Recordemos: cuando el país alcanzó tasas de crecimiento cercanas al 7 %, en buena parte debido al precio del petróleo, la desigualdad no disminuyó, cuando lo lógico hubiera sido una inversión en oportunidades sobre todo para los más jóvenes y pobres. ¡Así que no fue falta de plata!

La decisión de Santos fue invertir todo su capital político en verdaderas transformaciones estructurales para nuestra sociedad. La primera de ellas, la más costosa y por la que pasará a la historia: la paz con las Farc. Ha sido tan grande el costo político de parar la guerra que sus otros logros quedan soslayados por causa de este histórico desenlace que pone fin a una de las injusticias más grandes del continente: que los ricos pongan la plata para que los pobres se maten. Sus opositores han aprovechado el desgaste natural de semejante logro para tirar diariamente al país volquetadas de pesimismo, despejando el camino para el populismo franco y campante.

A pesar de la restricción presupuestal por la baja del precio del petróleo, por tercer año consecutivo la inversión en educación fue más alta que la de la guerra; la desigualdad medida en el índice de Gini disminuyó, y las personas que lograron salir de la pobreza constituyeron un número histórico. Falta mucho, pero vamos en la dirección correcta. La satanización castrochavista frente a la paz y la sana inversión social no pueden continuar, porque lo que necesitamos para cambios estructurales son más de las dos: más paz y más inversión e innovación en políticas sociales. Si no reconocemos esta revolución pacífica y la continuamos, no nos quejemos cuando veamos pasar por nuestras narices un líder populista que calienta el ambiente electoral con promesas politiqueras, pero efectivas de corto plazo, aunque en el mediano y el largo plazo destruya la esperanza de pasar la página de la inequidad y la violencia.

A los primeros que les da miedo el populismo es a los propios opositores de Santos, pero son ellos los que están despejando la vía a que el oportunismo político, de izquierda o de derecha, se tome el país.

CECILIA ÁLVAREZ CORREA

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