Opinión

De carne y hueso

Los verdaderos monstruos de los niños son de carne y hueso, y se camuflan a diario en sus vidas.

19 de marzo 2017 , 04:14 a.m.

Criaturas peludas, gruñonas y feas que se esconden debajo de la cama o en el armario, que asustan en la noche tan pronto mamá o papá cierran la puerta del cuarto, que son puestas como “advertencias” en caso de no tomarse la sopa, nos recuerdan al entrañable Sulley de la película ‘Monsters, Inc’. Ojalá estos fueran los monstruos a los que los niños debieran temer. Desgraciadamente, los verdaderos monstruos de los niños son de carne y hueso, y se camuflan a diario en sus vidas. El del abusador sexual.

Que cada hora lleguen a Medicina Legal dos niños por haber sido presuntamente víctimas de abuso sexual es la clara muestra de lo mucho que les estamos fallando a nuestros niños como sociedad. En el 75 % de los casos el abusador es alguien conocido del niño, son monstruos que se esconden detrás de una cara amable de un vecino, de un familiar o de un amigo de la familia. Las víctimas de abuso sexual, independientemente de su edad, tienen un denominador común: se sienten culpables y por eso callan. Cuando un niño se atreve a hablar del tema, no dude en creerle y mantenga una alta y permanente comunicación y confianza para prevenir estos casos.

El monstruo del matoneador se ha convertido en una de las principales causas de deserción escolar; muchachos que se niegan a volver al colegio por miedo a ese compañerito que de la burla pasa a la agresión física y al sometimiento extorsivo. Casos que pueden terminar en suicidio, como el de Sergio Urrego, por su orientación sexual, o la niña Karen Ospina, de 13 años, quien en un colegio de Medellín no soportó la agresión constante de sus compañeras.

El matoneo, con la ayuda de la tecnología, se ha convertido en ‘cyberbullying’, modalidad que traspasa las fronteras de una casa, generando un sentimiento de vulnerabilidad permanente con consecuencias dolorosas, en el corto y largo plazos. Hay colegios que están tratando con éxito el tema: el Hebreo, en Barranquilla, y el Campo David, en Bogotá. Pongamos ahí la lupa para seguir su ejemplo.

El monstruo del corrupto personificado en los funcionarios públicos y contratistas que se amangualan para robarse recursos destinados a la educación, alimentación y salud de los niños y jóvenes. Un ejemplo: mientras los hospitales de Córdoba carecen de equipos para las salas de neonatos, el cartel de la hemofilia denunciado por la Contraloría se robó unos 44.000 millones de pesos de recursos de la salud. ¿Cuántas vidas de niños tienen encima estos hampones?

Los monstruos de los niños son reales, sí existen y están cerca de ellos. Somos los adultos los llamados a enfrentarlos, a exigir justicia para que casos como el del abusador que entró a las habitaciones de un hotel en Villa de Leyva, donde dormían niñas de 8 y 9 años que asistían a una salida pedagógica, reciban un castigo ejemplarizante. La cadena perpetua para estos delincuentes no puede ser una bandera electoral de los candidatos para sumar votos, pero que después la olvidan o esconden bajo la falsa premisa de que en Colombia no puede haber penas por toda la vida.

Francesco Tonucci, pedagogo italiano, señala en su libro ‘La città dei bambini’ que una ciudad es viable si en ella puede vivir sin peligro un niño. Si la justicia funciona para ellos, funcionará para todos los demás. Si para la violencia contra ellos, parará contra todos los demás. Si ellos son invisibles, lo seremos todos los demás.

CECILIA ÁLVAREZ CORREA

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