Opinión

Una zona de desastre

Las próximas elecciones irrumpen en medio de esa noche oscura. Hay un gran fraccionamiento.

15 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

Después de una temporada de ausencia, mi amigo Concho volvió a su país, que ha pasado por 40 años de guerra interna pero ya tiene un acuerdo de paz. Falta cumplir con algunas leyes, medidas y reformas que emanan del acuerdo. Antes de llegar, mi amigo estaba esperanzado en que, después de tanta tragedia y tanto esfuerzo para llegar a un remanso de paz, todo el país estaría dedicado a consolidar la tranquilidad y trabajar para el desarrollo y bienestar de todos.

Sin embargo, a Concho le parece haber llegado a una zona de desastre, pues allí todo es confusión y contrasentido. Tal como ocurre con un terremoto, en el que en los primeros días y semanas todo ha caído en el caos. Las medidas para aliviar a las víctimas, reconstruir lo perdido y aprovechar la oportunidad para mejorar quedan cortas y encuentran toda clase de obstáculos; los recursos no llegan, y la mayor parte son inadecuados; las instituciones no están preparadas para enfrentar la situación; acuden toda clase de ONG para remplazar al Estado; la zona se llena de avivatos que se aprovechan de la situación para robar o lograr beneficios que no les corresponden; los habitantes se enfrentan entre sí y desesperan; los críticos intensifican más sus ataques; los partidos políticos ven la oportunidad para remplazar al Gobierno en elecciones futuras; el Gobierno busca el apoyo internacional; y, finalmente, todos los bandos y grupos se preocupan más por elogiarse a sí mismos que por resolver la situación.

Algo de eso es lo que ve mi amigo en su amado país. No obstante el acuerdo de paz, todavía hay algunos disidentes alzados en armas. Hasta hace un tiempo, el campo estaba asolado tanto por la guerrilla como por los paramilitares. Subsisten las zonas controladas por antiguos paramilitares asociados y fundidos con bandas de narcotráfico. Los disidentes de la guerrilla, los paramilitares y los narcos luchan por el control de áreas de cultivo. Se duda permanentemente del acuerdo de paz, y este divide el país en dos. Las medidas legales que tratan de proteger a las víctimas topan con la oposición oscura. La corrupción reinante favorece la inestabilidad. La justicia ha caído en el pozo de la desconfianza.

Concho, en esa área de desastre, sabe que la gente acabará votando no por el político adecuado, sino
por aquel que se atraviese al político que concentre sus odios y prejuicios.

De otro lado, la economía está en crisis y cada vez más controlada por grandes grupos e inversiones extranjeras. Curadores y constructores urbanos desbaratan la ciudad. Los servicios de salud cojean. La educación mantiene su mediocridad. La televisión y la radio dominan a su amaño la presentación de la realidad, el juicio público y la manipulación de las conciencias.

En ese desorden, las próximas elecciones irrumpen en medio de esa noche oscura. El escenario político muestra un gran fraccionamiento de partidos y grupos. Los nombres de los políticos están por encima de las propuestas políticas. En ese país no se discuten políticas ni programas. Predominan la simpatía o la antipatía. Los prejuicios dominan el conocimiento. Un político elegido usualmente miente y puede hacer todo lo contrario de lo que haya propuesto como candidato. Los partidos apoyan a los candidatos para obtener puestos y contratos. Los electores no tienen memoria ni instrumentos reales para controlar a sus elegidos. Poco tiempo después se arrepienten de haber votado. Por eso, los analistas tratan de estimar qué candidato puede ganar, en primera o segunda vuelta, pero no examinan ni discuten los programas y propuestas que sirvan al país.

Concho, en esa área de desastre, sabe que la gente acabará votando no por el político adecuado, sino por aquel que se atraviese al político que concentre sus odios y prejuicios. No se vota para gobernar. Se vota para evitar que otros gobiernen.

CARLOS CASTILLO CARDONA

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