Opinión

Parece que nada cambió

Las muertes innumerables traumatizaron las mentes de víctimas y victimarios.

17 de mayo 2017 , 11:12 a.m.

Hay mucha gente, debo reconocerlo, que en Colombia todavía es indiferente ante la urgencia de la paz, siempre han pensado que la guerra no era con ellos. Otros se oponen por las formas y contenidos con que se ha llegado a los acuerdos recientes. Para otros, en sus cabezas solo cabe el dominio por la fuerza.

Media Colombia ignora nuestra historia. Los cincuenta años de guerra con las Farc incrementaron el odio y el dolor que ya traía el huracán de la violencia de los años cincuenta y sesenta. Se alimentaba con los despojos de las guerras de independencia y civiles del siglo XIX. Guerras fratricidas, todas ellas.

Por eso tenemos la cultura que tenemos. Hemos acumulado el odio con la avaricia que desprecia lo humano. Tenemos la ambición desmedida del poder, del control de la tierra, del acceso a los caminos y a los mercados. Manipulamos leyes y justicia. Usamos el Estado en beneficio propio. Impunidad y corrupción. Padecemos la soberbia y el enfrentamiento: centro y provincia, indios y señores, amos y esclavos, ricos y pobres. Todo ha confabulado contra el colombiano.

Las muertes innumerables traumatizaron las mentes de víctimas y victimarios. Es palpable el atraso de las regiones, la desolación y abandono de los campos. Hay hacinamiento en las ciudades. Dominaron la producción y el tráfico de drogas. Tenemos los valores trastocados.

Parece tonto no querer la paz a toda costa. El país está volcado a realizar toda clase de reuniones, conferencias, programas de televisión, debates en la radio sobre la paz. Hay grandes caudales en los ríos de tinta y voces secas. Los debates han sido necesarios antes y después de la firma de los acuerdos de paz, con el plebiscito, la modificación del acuerdo y la aprobación en el Congreso. Es una discusión de diversos sectores, funcionarios, políticos, periodistas, miembros de ONG, académicos, víctimas y exguerrilleros. Las discusiones son de gran amplitud e intensos son los debates.

Todas las discusiones, que tienen propósitos manifiestos y ocultos, podrían y deberían ser útiles para lograr un consenso de los colombianos sobre la importancia de la paz, dejar atrás los odios. Deberían servir para empezar a construir un nuevo país. Un país más igualitario, más justo, con la garantía de que las oportunidades deben ser iguales para todos.

Pero, es evidente, todo sigue igual en las mentes de los colombianos. En las
discusiones se ven arranchados como si nada hubiera pasado. Cada vez están más consolidados los prejuicios, las posiciones tomadas, la defensa de intereses propios por encima de los otros. El país esta dividido en dos y nada los reconcilia. Como si se hubiera arado en la arena. Como si todo se hubiera hecho mal. Claman, los unos y los otros, para hacer imposible la paz.

Pero no lo lograrán. Si de ser terco se trata, yo me mantengo. Era mejor una paz imperfecta, un acuerdo tambaleante, que una guerra. Por lo menos hay un silencio de cañones. A los hospitales ya no llegan los heridos de guerra. Ya no se enfrentan los campesinos y obreros puestos en cada uno de los bandos.

La falta de consenso no paraliza la paz. La estimula. No se pueden resolver de un plumazo las contradicciones del país. Es necesario que un espíritu de contradicción exista para que se transformen las desigualdades y desmanes de esta sociedad. Que griten los exprocuradores, los expresidentes vociferantes, los de rabo de paja. Griten. Aunque ellos no lo sepan, la contradicción es útil, sana y necesaria. Ayuda a la paz. Nosotros lo sabíamos: estamos lejos de la paz verdadera. Esa se hace día a día. Finalmente, parece que nada cambió, pero la política sin tiros lo cambiará todo.

CARLOS CASTILLO CARDONA

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