Opinión

No son abuelitos

Se ven como una carga social. El Estado no se preocupó lo suficiente por los planes de pensiones.

02 de mayo 2017 , 11:50 p.m.

Cuando era joven tomé clases de demografía. Siempre me conturbó, y ahora más, una cohorte de edad que parecía estar en el vacío, en la oscuridad, al borde mismo del precipicio. Era la de los 65 y más años. En esa época, las personas con esas edades abultadas solo eran una minoría. Hoy, las cosas han cambiado y la esperanza de vida ha aumentado significativamente. Tanto es así que mi amiga Clorinda dice: “Hoy, cualquiera tiene ochenta años”.

Antes, el concepto de viejo también era relativo. Asenet Velásquez se indignaba con la noticia de la televisión sobre “una anciana de 55 años arrollada por un bus”. Ella tenía esa edad, pero era joven.

Esta población se ve como una carga social. El Estado no garantizó ni se preocupó suficientemente por los planes de pensiones. Actualmente, los fondos públicos están ensombrecidos por el fantasma de recursos insuficientes. Los agoreros predicen la quiebra del Estado. Los fondos privados, ya denunciados en otros países, parecen estar concebidos para su propio lucro más que para la protección de sus afiliados.
El concepto de familia extensa, que protegía a todos sus miembros, se está restringiendo a la familia nuclear, en donde no caben los que no son padres o hijos. El Estado es tacaño para crear casas de ancianos. Los privados son costosos.

Para compensar la marginalidad de esa población, la sociedad ha inventado recursos lingüísticos. No se los llama ancianos ni viejos, pues eso le parece insultante para la gente que confunde la forma con el contenido, la palabra con la realidad. Han crecido los tontos eufemismos, como el de ‘tercera edad o la cuarta’, ‘el sexto piso’, ‘los adultos mayores’ o el indefinido ‘gente de edad’. Algunos cursis les dicen ‘viejitos’ o, lo que es peor, ‘abuelitos’, como si para llegar a esa edad hay que tener hijos y después, nietos. Tal como van las cosas los llegarán a llamar ‘los bisabuelitos’. Los eufemismos no eliminan la marginación ni la discriminación.

Como gran cosa, algunos buses tienen un aviso con la imagen de un señor con bastón al que habría que cederle el asiento. No todos los viejos usan bastón, cada vez menos. Con la usual discriminación, los letreros no tienen dibujos de mujeres ancianas.
Hay instituciones que tienen filas especiales para ‘tercera edad’ y algunos museos tienen entradas gratis para esas gentes, pero no lo hacen los cines, ni los teatros ni los conciertos de rock. Pocos son los programas para las masas crecientes de ancianos.

Son muchas las exageraciones y prejuicios: la lentitud, la incapacidad de movimiento, las ideas atrasadas y la falta de memoria. El alzhéimer. No todos están tan mal, aunque hay factores que los empujan. Cuanto más marginados estén, más solitarios, menos se moverán y menos se actualizarán. Tampoco tendrán motivos para recordar. Más aún, sus referentes se van derruyendo. Urbanizadores y curadores se han encargado destruir todo lo que esos viejos conocieron en la infancia, para edificar encima.

Las edades se alargan, la ciencia avanza, las enfermedades se previenen y se curan, pero la sociedad sigue atrasada, inadecuada para atender a pobres y marginados de ‘sesenta y cinco años y más’. Almas innobles recurrirían al basurero Doña Juana.
Dicho esto, me revuelve las entrañas el comentario de que “la reapertura del Museo de Arte Moderno se hizo con un curador y dos artistas que tienen ochenta años”. ¡Ah de los artistas jóvenes, víctimas de su cortedad de vista y la búsqueda de reconocimiento por la fuerza y no por su calidad!

Yo estuve en la exposición de Olga y Jim Amaral. Todavía estoy dando gracias de que estén vivos, creando día a día, y exponiendo. La vida se fugaría sin ver su obra.

CARLOS CASTILLO CARDONA

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