Opinión

Los alas y los alitas

Los de clase alta se dirigen a los de abajo con el tuteo, esperando siempre una respuesta de usted.

22 de marzo 2017 , 12:00 a.m.

K tuvo que bajar al jardín de su edificio para acordar, con el arquitecto del proyecto que construirán en el lote vecino, la demolición de una tapia medianera. El arquitecto-constructor lo esperaba rodeado de la frondosa vegetación del jardín de K, parado en un montículo, y displicentemente estiró el brazo hacia abajo para displicentemente dar la mano a K, mientras pronunciaba las mecánicas frases “¿cómo estás?, ¿cómo te ha ido?”, que son saludos sin saludar.

Desde su posición inferior, K se acordó del chiste: una señora muy bogotana le dice a la marchanta: “¿Tú me podrías decir cuánto vale esta papaya?”. La marchanta contesta automáticamente: “Más tú de ti serás tú, so gran ti de tú”. El humor revela verdades. Los bogotanos de clase alta se dirigen a los de abajo con el tuteo, esperando siempre una respuesta de usted. Así se fijan los límites sociales, que envuelven autoridad, prestigio y dominación.

Esta fórmula se empezó a deteriorar, tal como lo registraba sabiamente Pepe Sánchez en su programa Don Chinche. El uso inapropiado de ese tú que acerca llegaba a extremos como “su merced, tú sabe lo que la quiero”, consecuencia de que pobres y campesinos solo sabían del usted. La ciudad confunde. Hoy se abusa del tú. El vendedor tutea al cliente, sin importar conocimiento, edad o dignidad.

Cuando dos extraños se presentaban, hablaban de usted. Después pasaban a un tuteo cordial. Pero cuando su relación se convertía en verdadera amistad, volvían a un usted íntimo.

Es verdad que ese tú es un aparentemente equilibrador social. Pero se queda en la simple palabra, sin consecuencias reales de poder ni dominio en los intercambios. El vendedor sigue de vendedor y el comprador, de comprador. Como el recurso de decir “amigo, amiga; compañero, compañera” o que se ponga el absurdo signo @ para indicar la inclusión de ambos géneros. A abusadores y explotadores no los frena el lenguaje.

K, como sociólogo estudiado en diversas latitudes, es consciente de las manipulaciones del lenguaje y las relaciones sociales. Ese día no estaba de muy buenas pulgas y automáticamente le dijo al arquitecto: “¿Ya somos novios para que usted me tutee?”. No fue muy cortés, pero desarmó al arquitecto, que tuvo que preguntar con ironía si le molestaba el tuteo. La respuesta fue simple: “No me gusta”.

Desde ese momento, la conversación se centró más entre K y un ingeniero que acompañaba al arquitecto tuteador. A la salida, el arquitecto rechazó la mano de K, con una declaración incompleta, “No sé a usted, pero a mí me enseñaron que uno tuteaba”. Es posible que él no fuera consciente de la buena educación bogotana: cuando dos extraños se presentaban, hablaban de usted. Eso era lo cortés. Después de reconocerse como semejantes socialmente o como intelectualmente iguales, pasaban a un tuteo cordial. Pero cuando su relación se convertía en verdadera amistad, volvían a un usted que solo se tenía entre familiares y amigos. A un usted íntimo y de mutuo respeto. Afectuoso.

El dominio de lo comercial, la búsqueda de lucro desmedido y la explotación han cambiado la forma de relación entre las personas, el respeto mutuo y la ética. En esa conversación, el arquitecto quería mostrar su prepotencia. Ha diseñado un proyecto cuya construcción llega hasta el borde del parque El Virrey, tumbando todos los árboles del lote. Sin consideración. Prácticamente, los balcones de los nueve pisos quedan encima de los caminantes y deportistas del parque.

Los otros edificios de ese sector se separan más de 25 metros del límite del parque. El proyecto ha sido demandado por los vecinos, pero es difícil saber qué puede pasar ante la timidez de las autoridades, la sombra indefinida de las curadurías y la ambición desmedida de esos constructores que destruyen esta ciudad. Así derruyen, así especulan. Pero este tema es harina de otra columna.

CARLOS CASTILLO CARDONA

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