Opinión

La educación perdida

Nunca creyó en ellos, profesores ciegos. Se pregunta cuántas malas educaciones nos han traído hasta aquí.

09 de agosto 2016 , 05:50 p.m.

Él pasó diez largos años en ese colegio. Tenía 9 años cuando llegó de Europa, un año después de ese 9 de abril en que la ira del pueblo había arrasado media ciudad.

Tal vez todo había empezado mal con la entrevista que hicieron para ser admitido a mitad del año. El papá, con la sinceridad que lo caracterizaba, le dijo al rector que acudía a ese colegio porque no estaba regentado por curas. El rector, pareció no inmutarse. Sin embargo, el mal ya estaba hecho, y el niño quedó marcado como hijo de ateos.

El niño, nacido en esa familia de radicales y librepensadores, padecía los primeros momentos de cada día. Los alumnos bajaban de los buses del colegio y cada curso se ordenaba en fila india para oír al rector, que empezaba con la lectura de un pasaje del evangelio y continuaba con una reprimenda ética y social sobre algún hecho de esos días. Era deprimente, oscuro y amenazante. Recuerda haber corrido una tarde a su casa para saber por qué el rector prohibía oír 'El derecho de nacer'. En su casa, solo la muchacha oía radionovelas. En el cuarto de la plancha oyó la frase culminante, “Albertico Limonta es tu hijo”.

Él era distinto en ese colegio sin extranjeros. Tenía acento foráneo y pantalones cortos, en una selva de blue jeans. En los primeros exámenes no le ayudó la confusión que lo llevó a afirmar que el Libertador se llamaba Laureano Gómez. No debió ser simpático en ese colegio de godos, en el que el rector tenía alma de jesuita y se disfrazaba de educador de civil, con vestido negro, chaleco y corbata. El niño no había tenido problemas con el lenguaje del Liceo Francés de Barcelona, pero le era extraño el español de la Sabana.

Todo se agravó cuando sus papás se separaron. No eran comunes ni posibles los divorcios en la sociedad católica y pacata de comienzos de los años cincuenta. Mucho menos si el papá dejaba el hogar para unirse a una sobrina del monseñor. Era un escándalo. Pero él no pudo entender por qué el prefecto de disciplina del colegio entró a la clase para sacarlo al corredor y, una vez afuera, le dijo, “La separación de su papá y su mamá es culpa suya”. Un niño de 11 años no puede entender eso. ¿Cuánto tiempo duraría la falsa culpabilidad que el educador le creaba? ¿Cuántas lágrimas tuvo que derramar para olvidarlo?

Así pasaba esa década, larga y tortuosa. No veía el momento de que todo terminara. Pero no esperaba un final tan desastroso. En el último año del bachillerato, él y sus compañeros, reunidos con el rector, le dijeron lo que pensaban del servicio y la calidad de la cafetería del colegio. Nada parecía convencer al rector. Esgrimía cerradas defensas ante las críticas y no podía aceptar ninguna sugerencia. En medio de la tensa discusión, uno de sus condiscípulos, sin prudencia alguna, le dijo al rector: “Doctor, toda esta conversación nos muestra que la cafetería es su negocio, más que un servicio para sus alumnos. Si no es cierto, ¿por qué no nos muestra su declaración de renta?”. Un silencio mortal se apoderó del recinto. Nada podría echar atrás lo que se había dicho. Solo quedaba la venganza. Faltaban pocas semanas para los exámenes finales. Nunca antes los profesores se habían ensañado tanto con sus alumnos. Doce de veintiocho perdieron el año. Las correcciones eran mortíferas. El joven que de niño había llegado de pantalón corto y acento extranjero no perdió ni una materia. Eso causó malestar entre los profesores, en especial en el prefecto de disciplina, cuando supo que el ateo se le había escapado.

Él sabe que el colegio perdió su esfuerzo educativo. Nunca creyó en ellos, profesores ciegos. Se pregunta cuántas malas educaciones nos han traído hasta aquí.


Carlos Castillo Cardona

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