Opinión

Elogio del lagarto

Ricos y pobres son víctimas y cómplices de estas sociedades de consumo. Mostrar y mostrar.

10 de enero 2018 , 12:00 a.m.

La fauna bogotana, y colombiana en general, ha sido tratada muchas veces. Alfredo Iriarte describió con excelencia a varios de esos humano-animales, entre los que se destacaban el lagarto, el lobo, la arpía, gallinas y gallinazos y otros miembros de esos seres que, por su comportamiento, parecen ser miembros del reino animal.

Con solo nombrar la especie, ya sabemos qué clase de persona es. Si es gallina, es cobarde; si es gallinazo, persigue a las chicas; si es arpía, es una mala como de telenovela; si es perro, sabemos que es avivato y también conquista mujeres; si es lobo, pertenece a una clase social inferior. Pero, para qué contarles lo que todos saben, reconocen y usan en ese lenguaje próximo al racismo, al clasismo y al sexismo, tan típicos de los cachacos de antes y de los que subsisten y de los que creen serlo. Porque, finalmente, todos esos nombres de humano-animales están destinados a desmerecer y criticar a las personas.

Quizás el lagarto, conocido como el arribista por excelencia, era el más despreciado de todos. Y quizás lo fuera porque aseguraba que el que llamaba lagarto a otro se colocaba en una posición superior, pura, sin necesitar de la lambonería. Le bastaba decir: “Es un lagarto” para que todo quedara claro: la fama del mencionado por los suelos, y la del calificador permanecía en las nubes sociales.

En razón de cómo han cambiado
los procesos y mecanismos de ascenso y reconocimiento social, todos somos lagartos o debemos serlo.

Todavía hoy se utiliza a diestra y siniestra la denominación ‘lagarto’. Pero, para desgracia de muchos, con el lagarto sucede lo mismo que con el turista. Con gran sentido de exclusividad, los viajeros se quejan de que van a sitios que están llenos de turistas, sin reconocer, con esa ceguera social, que ellos también son turistas. Hoy en día, todos los que nos desplazamos de nuestro sitio de residencia somos turistas.

En esas sociedades parroquiales, como la antigua Bogotá, las personas tenían asegurada su posición social por sus orígenes y por sus propiedades. Eso garantizaba todos los privilegios. Los que tenía o a los que podía acceder. Por el contrario, a cualquiera que quisiera progresar y no perteneciera a ese grupo le tocaba lagartear. Es decir, simular lo que no era para poder acceder a puestos, a becas, a clubes, a fiestas. Es decir, a toda posición social.

Pero, en razón de cómo han cambiado los procesos y mecanismos de ascenso y reconocimiento social, todos somos lagartos o debemos serlo. La sociedad ha crecido en tamaño, en heterogeneidad y en densidad. Los miembros de las viejas clases que eran la flor y nata de la sociedad ya no lo son si no lo pueden demostrar.

Hoy se ha llenado de parvenus o advenedizos, es decir, aquellos de origen desconocido que han adquirido poder, riqueza y fama. Pero, como no se sabe de dónde vienen, tienen que demostrar su excelencia, que no necesariamente es la inteligencia o la sabiduría, sino la posesión material, la riqueza y la situación de poder. Y todos, sin excepción, porque los miembros de las viejas clases altas se mezclan con los de las nuevas, tienen que mostrar su condición. Todos tienen que ser lagartos. Y lo son a través de los carros de alta gama, los guardaespaldas, los viajes al exterior, las casas o apartamentos suntuosos, las fincas y la exposición social. Por eso no pierden oportunidad de aparecer frente a un micrófono o en el periódico. Aparecer más que ser.

Y, peor aún, los de clases en ascenso o que creen estarlo son víctimas de lo mismo. Esclavos de marcas, automóviles, de los barrios en que viven, de todo lo que se resume en el ‘quiero y no puedo’. Ricos y pobres son víctimas y cómplices de estas sociedades de consumo. Mostrar y mostrar. Los felicito. Vaya para ellos esta loa. Si no eres lagarto, no eres nada.

CARLOS CASTILLO CARDONA

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