Opinión

El venerable parque Japón

Los vecinos fueron claros: ‘Dejen el parque como está’.

04 de abril 2018 , 02:57 a.m.

Vivo en el barrio La Cabrera. Fuimos citados por algunos funcionarios del Distrito Capital y contratistas para ser informados sobre el inicio de estudios y diseños del parque Japón, ese que queda debajo de la carrera 11 entre calles 86 y 87. La administración pública suele ser inculta y arrogante. Este parque, donado por el Japón, tiene más de 50 años. Fue un diseño original, participativo, en el cual los caminos que existen fueron el resultado de las huellas que dejaban los transeúntes y vecinos. Se sembraron árboles y se pusieron bancas para poder contemplar y reposar. Es un diseño urbanístico patrimonial. Es decir, el parque ya está diseñado y usado con éxito desde hace décadas. 

Los visitantes del parque escriben en las páginas web: se siente la paz y la tranquilidad. Diseñarlo ahora es un acto de arrogancia e ignorancia.

Al parque llegan personas de toda condición, solas o acompañadas. Oficinistas y obreros de las construcciones de los alrededores. Viejos y jóvenes. Conversan, almuerzan, duermen una siesta en el pasto. Pasean a los perros. Hay niños que juegan cuclí. Otros corren. Expectantes padres y abuelos miran a los que dan los primeros pasos.

Los vecinos fueron claros: “Dejen el parque como está”. No quieren canchas deportivas, no quieren que corten los árboles, no quieren que se cambie la planta física del parque. No quieren nuevos diseños. Que se mejore la iluminación, que se restauren las bancas, que se cuiden los árboles y el pasto. Para qué cambiar lo que funciona bien.

El alcalde dice que se sembraron los árboles para impedir que los obreros jugaran fútbol. ¿Deben limitarse al fútbol en vez de contemplar? Es peligroso pensar. El alcalde quiere canchas. Va a redefinir el vecindario con personas más dóciles.

Los alcaldes van por la demagogia fácil. Quieren brillar con contratos taquilleros. En La Cabrera se han olvidado de sus problemas endémicos. Muchos andenes están intransitables y abandonados. Otros han sido construidos bajo el capricho de cada edificio: hay inclinados para que parqueen carros; cada edificio con andén de distinto nivel; se desnivela el andén para que entren los carros. Los peatones no importan.

Una cuadra más allá del parque se estacionan, debajo de los avisos que lo prohíben, los carros de personajes que van a los restaurantes vecinos. Los avisos evidencian la falta de autoridad.

Un muro de piedra de la futura embajada china amenaza con caer sobre la gente y los carros. Toda la acción ha sido poner una cinta amarilla para desviar a los peatones a la calzada, con el riesgo de ser atropellados. La calle 86 tiene huecos como de bombardeo.

Se permitió derribar la casa diseñada por Bruno Violi, que debería ser patrimonio arquitectónico, para hacer un edificio soso y especulativo. En otra obra, aprobada por un curador, se han tumbado árboles y se va a construir hasta el borde del parque de El Virrey.

Los policías del CAI del parque conducen sus motos sobre los caminos peatonales y los andenes; no multan a los que parquean alrededor del parque, donde hay señales que lo prohíben; no actúan eficientemente contra el tráfico de drogas de los fines de semana en la calle 85. Ciclistas pasan raudos por el andén de la 11, bajo sus narices. Hace décadas no cierran los prostíbulos de la calle 86. Sus propietarios tienen más autoridad y poder.

Alcaldes víctimas de constructores y curadores. ¿Por qué se emperra en este contrato “de méritos”? ¿Para diseñar qué? ¿En qué caprichos suntuosos se gastarán los exorbitantes aumentos de catastro, sin atender lo cotidiano y elemental? Esta administración simplifica a El Gatopardo: “Que un parque cambie para que todo siga igual”.

CARLOS CASTILLO CARDONA

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