Opinión

De dónde son y a dónde van

El día anterior tenía la nacionalidad española y amanecía con una indefinida nacionalidad catalana.

01 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

Mi amigo Juan, que muy bien podría llamarse Joan, es catalán de nacimiento. Su papá, de familia castellana, desde muy temprana edad vivió en Barcelona. Siendo joven lo reclutaron en el Barcelona F. C. y llegó a ser campeón de España en el mismo equipo del famoso Samitier y Platco. Se sentía el más catalán del mundo. La mamá de Juan o Joan era de una saga catalana ligada a tierras y fábricas de tejidos e hilados.

Eran tiempos distintos. En la casa de Juan o Joan nunca se pensó que ser catalán se oponía a ser español. Eran bilingües. Para su papá no era incompatibilidad jugar con la selección española.

Desde pequeño, Juan o Joan sentía con orgullo la historia catalana, aprendida en casa, que hablaba de su importancia desde los griegos y romanos, desde la Edad Media, cuando dominaba el Mediterráneo o cuando perdió sus fueros por estar equivocada en las guerras carlistas. La historia de España, aprendida en el colegio, resaltaba visigodos, moros y judíos, reyes católicos, la forja de una nación, conquistadores y colonizadores de un mundo nuevo en “el que no se ponía el sol”.

Pero la vida de Juan o Joan no se limitó a la historia de papel. Como muchas familias, la suya sufrió la guerra civil, con participantes en ambos bandos, muertos de lado y lado, cárcel política para familiares de las dos Españas. Él, con su familia, como muchos españoles y catalanes, tuvo que migrar a Francia y finalmente refugiarse en un país americano, para pasar allí gran parte de su vida.

La independencia unilateral se ha diluido. Juan o Joan no puede creer que en su país, de tan seria tradición, se haya representado esta farsa política.

Juan o Joan ha pasado el último octubre en Barcelona. Le tocaron debates, marchas con banderas independentistas o españolas. Leyó periódicos, vio muchas horas de debate en distintos canales sobre las posiciones respecto a la independencia de Cataluña. Recordó que su primo político socialista de Madrid había dicho que Esquerra Republicana controlaba el 80 % de los maestros de colegio. Su primo político socialista de Barcelona había dicho que todo estaba perdido. Volvió a recorrer las calles de su infancia y vio la persistencia de las banderas independentistas colgadas de los balcones. Tuvo que constatar con dolor cómo se había fracturado la solidaridad catalana.

El viernes pasado llegó la nefasta etapa que muchos habían querido evitar hasta el último momento. El jefe del gobierno catalán iba a disolver el Parlament y llamar a elecciones en Cataluña. A última hora se arrepintió, y el Parlament, con la ausencia de la oposición, que no participó del sainete, aprobó la independencia por 70 votos. La ley catalana requiere 90 votos para esa declaración de independencia. En respuesta, el gobierno de Rajoy tomó las medidas constitucionales para reponer la legalidad catalana.

Ese sábado, Juan o Joan despertó desmembrado. El día anterior tenía la nacionalidad española y amanecía con una indefinida nacionalidad catalana. Recorrió la ciudad. Esperaba ver masas entusiasmadas por la independencia. O masas contrarias por ella. Pero solo encontró indiferencia y normalidad. El domingo hubo una inmensa manifestación a favor de la unidad de España. Manifestaban los contrarios a la independencia y al rancio catalanismo de orígenes inciertos.

Este lunes, la Fiscalía ha imputado a los jefes del gobierno catalán que se habían empeñado en declarar la independencia. Los partidos se concentran y se preparan para las elecciones de diciembre. Puigdemont y otros dignatarios del suprimido gobierno catalán se han ido a Bélgica. La independencia unilateral se ha diluido. Juan o Joan no puede creer que en su país, de tan seria tradición, se haya representado esta farsa política. Desea que se curen las heridas que se han abierto. Pero sabe que eso no será fácil.

CARLOS CASTILLO CARDONA

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