Opinión

Cuando perdió la chiva

En medio de vinos, Daniel Samper Pizano contó su frustración con una noticia que llegó a sus manos.

28 de junio 2017 , 12:00 a.m.

“Les voy a contar cómo perdí una chiva”, le dijo Daniel Samper Pizano a un grupo de amigos que con él almorzaban gazpacho y blanquette de veau. Ya habían comido los quesos y tomado los helados que había aportado Florencia, una de las invitadas. Era una tarde de verano, pero ni las olas de calor que entraban al comedor ni los vinos que habían bebido eran causa suficiente para disparar la memoria de Daniel. Había llegado el momento de contar una frustración.

Todo periodista anhela lograr o caer de bruces sobre una chiva. Es decir, tener una información que nadie tiene y ser el primero en lanzarla a la opinión pública. Un éxito periodístico que honra al que la tiene y le causa envidia al que carece de ella.

“Un día de 1986, cuando ya vivía en España, se comunicó conmigo un señor, posiblemente pastuso a juzgar por su acento. Nada sobresalía en su porte, excepto que parecía traer una carga encima. En un tono serio, algo grave, me dijo conocer a un científico que había trabajado en la planta de energía nuclear de Dimona y había acumulado las pruebas que probaban que Israel había desarrollado la bomba atómica. Pruebas suficientes, que él podría aportar para documentar una crónica. Ante mi cara de desconcierto, me enseñó una fotografía que pretendía ser una prueba nuclear. A mí me pareció que esa imagen borrosa se parecía más a un huevo frito que a otra cosa. Pero tal era su seguridad que lo dejé hablar para tratar de descubrir si lo que me contaba no era una patraña más”.

Me dijo conocer a un científico que había trabajado en la planta de energía nuclear de Dimona y había acumulado las pruebas que probaban que Israel había desarrollado la bomba atómica

Desde 1966 se decía que Israel buscaba el desarrollo de una bomba nuclear. Pero solo en 1979, un satélite estadounidense había detectado lo que podía ser una explosión nuclear israelí. Un comité nombrado por Carter, comandado por un profesor de apellido Ruina, concluyó que probablemente no se trataba de una explosión atómica. Otro estudio y la inteligencia militar decían lo contrario.

“El pastuso dijo que por 150.000 dólares me daría la historia completa con toda la sustentación. Eso aclararía las dudas y contradicciones que reinaban en esa época. Por supuesto, yo no podía tomar la decisión y debía consultarlo con la dirección del periódico. En ocho días le daría la respuesta. Cuando llamé a Hernando Santos, el director de entonces, y le expuse el caso, me dijo con manifiesta ironía, ‘Pero, mijito, usted sí que es inocente. Cualquiera lo puede convencer con cualquier cosa’. Ahí terminó la noticia bomba, para decirlo de alguna manera”.

Pero, como suele ocurrir, las chivas son volátiles. Pocas semanas después, The Sunday Times publicó una entrevista con Mordejái Vanunu, un extécnico nuclear israelí, en la que revelaba que Israel poseía un programa de armas nucleares. Poco después se dieron acontecimientos rocambolescos.

Según lo dicho en esa época, Vanunu fue cautivado y engañado por una agente del Mossad. Se hacía pasar como turista gringa, de nombre Cindy. Lo convenció de pasar vacaciones en Roma. En el aeropuerto, Fiumicino, un falso taxi lo llevó a un falso hotel, donde lo narcotizaron y encapucharon para embarcarlo hacia Israel. Allá fue condenado a 18 años de cárcel. Cumplida su condena, Vanunu dio otra entrevista en la que se aventuró a sugerir que Israel podía estar implicado en el asesinato de Kennedy por la oposición a los planes de energía atómica de Israel. Al día siguiente fue puesto preso de nuevo.

El calor ha aumentado mientras toman café. Todos esos datos ya son del resbaloso mundo de Google. Israel nunca ha aceptado poseer la bomba. Son noticias viejas, casi olvidadas. Daniel mira al vacío. Parece lamentarse de que por circunstancias ajenas a su voluntad hubiera perdido semejante chiva.

CARLOS CASTILLO CARDONA

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