Opinión

Caminar con odio hacia la paz

No es firmando acuerdos en La Habana, no es colgando y encerrando guerrilleros, no es encarcelando a Uribe ni destituyendo a Santos como el país alcanzará la paz y el progreso.

04 de agosto 2016 , 04:54 p.m.

De todos los demonios que encuentra el hombre en su camino, al que más le temo, más allá de la lujuria y la codicia, es al odio. Basta con darle un pequeño espacio en nuestra vida para que su semilla germine en nuestros corazones y crezca a paso largo para envenenar la lengua y corroer la mente. El odio, con sus espinas y la bruma que destila, nubla la sabiduría del hombre y le hace creer que sus palabras, tan llenas de desprecio, son la única verdad. El odio divide, margina, enceguece y, como un animal salvaje, hambriento, devora todo lo que se encuentra en su camino.

Lo que más me aterra del odio es que sus tentáculos se expanden a tal velocidad que puede llevar a un delirio colectivo que nadie sabe que lo tiene. Y entre rifirrafes de insultos y provocaciones uno cree que el otro siempre es el que está errado, sin darse cuenta de que el corazón de uno también está podrido. Es tan fácil odiar que muchas veces se vuelve imperceptible.

Ahora que se silencian las armas, ahora que esta absurda guerra llega a su final, nos estamos dando cuenta de que la búsqueda de la paz es un camino que aún no hemos empezado a recorrer. Y es que nos hemos odiado por tanto tiempo que tal vez ya no sabemos cómo amarnos y lo único que hacemos, como cualquier fundamentalista que ignora sus fundamentalismos, es pararnos en nuestra verdad y provocar con desdén e ironía al que está en desacuerdo, como si estuviéramos seguros de que existe una verdad absoluta y que cada quien es el guardián y protector de ella.

Qué difícil es aceptar que tanto el guerrillero como el soldado raso son humanos, colombianos, campesinos, que aprendieron a odiarse y a matarse sin motivos. Qué difícil es ver que tanto el uribista enceguecido como el santista empedernido son de carne y hueso y que el destino que les depara es siempre el mismo. Cuánto afán por seguirnos matando, a bala, a gritos, con palabras, si a fin de cuentas a la tumba es para donde todos vamos. No podemos caminar con odio hacia la paz.

Por qué no hacemos un minuto de silencio, cada uno, en solitario, en su lugar de asiento preferido, mirando tal vez alguno de los hermosos paisajes que este país nos ha regalado. Por qué no, allá, en la tranquilidad y soledad de ese lugar, tratamos de despojarnos de nuestras ideas, por más arraigadas que estas sean, por un pequeño instante y, con la mente en calma y sin emitir juicios ni argumentos, dejamos de ver únicamente lo que nos divide y nos hace diferentes. Tal vez, en medio de la nada, con la mente y la razón en armonía, llegue a nosotros una oleada de sabiduría que nos permita darnos cuenta de que al final son solo ideas, etéreas, imperfectas, efímeras, indefendibles, lo que nos separa.
Por qué no, más bien, en vez de incitarnos a la guerra y odiarnos con palabras, nos miramos a los ojos y tratamos de encontrar y construir sobre la infinidad de cosas que tenemos en común, ricos, pobres, hombres, mujeres, soldados, guerrilleros, uribistas, santistas, colombianos, etcétera. Si nos atrevemos, tal vez, solo tal vez, nos daremos cuenta de que no hay ningún hombre en este país que no haya sufrido, amado, reído, llorado, soñado, sentido ira, miedo, frustración o una enorme alegría en algún momento de su vida; que no hay ningún ser humano en este planeta que no busque para sí mismo y para los suyos la felicidad, sea lo que sea que eso signifique. Tal vez nos demos cuenta de que en lo fundamental, en lo básico, en lo profundo, todos somos iguales y que no hay razones para odiarnos.

El camino hacia la paz es un sendero que se recorre hacia adentro. No es firmando acuerdos en La Habana, no es colgando y encerrando guerrilleros, no es encarcelando a Uribe ni destituyendo a Santos como el país alcanzará la paz y el progreso.

Nuestro mayor reto ahora es, más allá del plebiscito, trascender todo el odio, en sus innúmeras formas, que se alberga en nuestros corazones y que nos separa de aquel que piensa y actúa diferente.

Y cuando estemos concentrados, allá, cada uno, tratando de ser mejores seres humanos y de trascender nuestros propios demonios, recordemos ese bello poema de Thich Nhat Hanh para darnos cuenta de que es el odio, sutil e imperceptible, y no el hombre, el que es nuestro enemigo:

“Aun cuando te golpeen con una montaña de odio y violencia, aun cuando te pisoteen y te aplasten como a un gusano, aun cuando te desmiembren y destripen, recuerda, hermano, recuerda: el ser humano no es nuestro enemigo”.


Arturo Argüello Ospina
arturo.arguello82@gmail.com

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