Opinión

Llegó el diablo

Colombia misma es la historia de distintos miedos. 

18 de febrero 2017 , 09:21 a.m.

Dentro de las pasiones humanas, el miedo parece dominar hoy nuestra percepción social. Se suele distinguir entre el miedo ancestral, ese que nos producen las tinieblas, la muerte, el vacío, la noche como tal, oscura e infinita, y ese otro más cultural y en buena parte urbanizado, como el miedo en la noche, la falta de luz, el atraco, el secuestro, el grito que corta el silencio de un domingo casero.

¿Y de qué miedos hablamos terminando la segunda década del nuevo milenio? Se volvió tema recurrente el miedo a Trump. “Acabará con la democracia”, aseguran. Pero este miedo ataca solo un perfil ciudadano, aquel cercano al establecimiento. Otros, aquellos más distantes de las bondades de la democracias liberal, pueden tener otros sentimientos, por ejemplo esperanza.

Colombia misma es la historia de distintos miedos. Guerrilla, ‘paras’, secuestro, hampones de cuello blanco son parte de una lista que domina períodos modernos. Pera hay un miedo insaciable que coge forma, un monstruo que amenaza desde las más hondas estructuras y abarca todo: la corrupción. Y entonces, si bien es anciano y mañoso, se reformateó y apareció con nuevo rostro desde el fondo de la tierra, y subió. Al bebé se decidió llamarlo ‘Odebrecht’. Extraña fonética para un criollo que apenas sabía decir Escobar, Moreno, Nules, Samper o Maldonado, algún Pérez y hasta Santofimio.

Revelador ver cómo se actúa frente al nuevo miedo que quema. Por ahí, movimientos políticos recogen firmas “para acabar la corrupción”. ¡Vaya eficacia! Los dos actores dominantes de la política botan fuego entre sí; por ahí, ciudadanos declaran que se van a otro país: ¿adónde? Que no sea a EE. UU. Allá los recibe otro demonio de cabellera abrasadora. Tampoco a Europa, fanáticos de un Estado imaginado estallan bombas en sitios públicos. Tampoco adonde los vecinos más cercanos, pues su ‘Vice’ es un narco de espanto y su presidente, bobón, solo hace monerías ante el espejo mientras el pueblo real se muere de hambre y de tristeza.

¿Nos quedamos sin sitio? ¿La Iglesia, metida en escándalos de pedofilia, puede hacer algo por nosotros? Las estadísticas de seguridad en Colombia mejoran, pero el miedo aumenta. En Bogotá bajaron los robos de celulares en los buses, pero apareció un engendro peor: se llevan todo el bus con pasajeros adentro. Gracias a Dios las pasiones cambian.

Armando Silva
ciudadesimaginadas@gmail.com

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