Opinión

El bello y la fea

La relación de género es asunto del poder patriarcal y se abrió un boquete público para evidenciarlo

20 de mayo 2017 , 12:00 a.m.

El mito de la mujer bella y el hombre feo parece encarnarse otra vez en el nuevo presidente de Francia, E. Macron, pero al revés: hombre joven, apuesto, inteligente y con futuro frente a su esposa, Brigitte Trogneux, un cuarto de siglo mayor y sin los atributos de clase o urbanos deseados para una primera dama. Varias publicaciones muestran esa tendencia sexista o, incluso, misógina, pues manifiestan desprecio a la mujer y una falta de reconocimiento de sus atributos, más allá de ser objeto de deseo.

La revista de sátira Charlie Hebdo, de reconocido coraje liberal, publicó (n.° 1.294, 10-5-2017) una caricatura en la que el Presidente acaricia el vientre de su mujer embarazada y un texto burlón: “Hará milagros”; criticado porque usa el argumento más “clásico y sexista, equipara a las mujeres como madres”. Pero hay otra lectura; al estar ambos muertos de la risa, sugiere que esa relación de pareja no da para tomarse en serio. Un artículo subido por Marisa Kohan (portal Público) comprueba que en tan poco tiempo esta etiqueta de un hombre casado con una mujer que podría ser su madre ha recibido ya 28 millones de referencias y algunas de ellas la tratan como una ‘asaltacunas’; lo que es completamente opuesto a Trump, quien le lleva los mismos años a su esposa, pero se lo critica por asuntos muy distintos y se destaca más bien su melena, que desde Sansón deduce masculinidad y poder.

La relación de género es un asunto del poder patriarcal y se ha abierto un saludable boquete público para evidenciarlo. El discurso liberal de igualdad, del que Francia ha sido protagonista, deja ver que subsisten razones profundas en la psiquis masculina para oprimir a la mujer. Como objeto de deseo sexual está todo permitido, como objeto de inteligencia y emociones queda en segundo plano.

Estos episodios, unidos a casos criollos como el plebiscito contra la adopción de minorías sexuales, reflejan profundos miedos del hombre. El macho desconfía de lo que se le atribuye a ella como mayor capacidad de goce y, aún más lejos, puede padecer terror atávico a perder su falo. Y si nos contextualizamos en la paz, máximo ideal de las democracias, también pasa por quitarles testosterona a todos los combatientes y que algún día se inicie una nueva civilización basaba más en la sexualidad y la sensibilidad femenina.

ARMANDO SILVA
ciudadesimaginadas@gmail.com

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