Opinión

Túnez, el fin de las ‘primaveras árabes’

La presencia estos días en las calles de Túnez muestra la existencia de un rescoldo de descontento.

28 de enero 2018 , 01:37 a.m.

El 17 de diciembre de 2010, en una localidad del interior de Túnez, Mohamed Bouazizi, un vendedor ambulante al que la policía había maltratado y confiscado su pobre mercancía, se prendió fuego frente a un edificio oficial como protesta. Su caso desencadenó una oleada de protestas tan fuerte que obligó finalmente al dictador tunecino, Ben Alí, a abandonar el país con su familia y unas maletas con dólares y oro rumbo al exilio en Arabia Saudí.

Se abría un periodo de convulsiones en el mundo árabe, protagonizado fundamentalmente por jóvenes laicos, que conmovió al mundo y fue comparado en su trascendencia a la caída del Muro de Berlín. Lo sucedido en Túnez fue replicado en los días siguientes en El Cairo, donde, en la céntrica plaza de Tahrir, se concentraron durante varias jornadas miles de jóvenes para pedir “desarrollo y libertad” y logrando al final la caída del dictador Mubarak después de 30 años en el poder. El contagio de lo que empezó a llamarse la “primavera árabe” se extendió por Yemen, Baréin, Siria y Libia, y sacudió los cimientos de los regímenes de Argelia y Marruecos.

Sin embargo, lo sucedido en los 7 años transcurridos desde entonces ha mostrado que no solo pronto llegó el frío invierno del fin de libertades y derechos, sino que algunos países, particularmente Egipto, han retrocedido considerablemente con el poder absoluto de los militares que, incluso tolerando la expulsión del dictador Mubarak, nunca perdieron el control de la situación, de la mano de Estados Unidos, de cual son el más importante aliado en la zona.

Hoy, el régimen liderado por el mariscal Abdelfatá al Sisi es todavía más brutal que el que contribuyó a defenestrar la rebelión de la plaza de Tahrir. En los últimos 4 años ha habido 60.000 presos políticos, la mayor parte torturados, centenares de condenados a muerte (507 solo en 2014, según Amnistía Internacional), y las Fuerzas armadas sostienen la corrupción y un notable poder económico.

En otros países, las protestas devinieron en guerras civiles. En Siria ya van 340.000 muertos, un tercio de ellos civiles, y su futuro está en manos de Turquía, Arabia Saudí, Irán, Estados Unidos y Rusia. Como señalaba un analista, la única libertad conseguida, de las que exigían en las calles los jóvenes sirios en 2011, “es la libertad que confieren las redes sociales”. El caso de Libia, hoy semillero de todas las organizaciones del islamismo más violento por la torpeza de las grandes potencias, merece un espacio especial de análisis.

El último Estado en el que permanecía vigente algo del espíritu de la “primavera árabe”, y que fue el primero en levantarse, Túnez, ha mostrado con las protestas masivas de los últimos días en sus calles que, si bien avanzó en algunas libertades, ha sucumbido a un sistema de corrupción que persiste desde la época del dictador Ben Alí y que, unido al impacto entre las clases medias y bajas de las recetas neoliberales del Fondo Monetario Internacional, con el deterioro de la inversión social, está produciendo una nueva rebelión.

Como señala el historiador Josep Fontana: “Lo que en 2011 parecían revoluciones, poco a poco se convirtieron en transiciones que aspiraban a dejar las cosas más o menos como antes, con los mínimos cambios de decorado necesarios”.

La presencia estos días en las calles de Túnez de algunos de los jóvenes que lideraron las protestas de 2011 muestra la existencia de un rescoldo de descontento en las sociedades árabes que tal vez sea capaz de levantar situaciones impredecibles en cualquier momento, al margen de la política oficial y las instituciones. Representantes de su sociedad civil recibieron en 2015 el Premio Nobel de Paz, por mantener vivas las razones que impulsaron el inicio de unas “primaveras” laicas y democráticas en un mundo, el árabe, al que solemos asociar solo con ignorancia, fanatismo y violencia.

ANTONIO ALBIÑANA

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