Opinión

El planeta, libre de armas atómicas

“El riesgo de conflicto atómico es ahora mayor de lo que ha sido en mucho tiempo”.

26 de noviembre 2017 , 12:30 a.m.

Little Boy y Fat Man fueron los nombres de las primeras bombas atómicas. El presidente Truman ordenó lanzarlas en agosto de 1945 sobre las ciudades japonesas desarmadas de Hiroshima y Nagasaki, para probar este nuevo tipo de ingenios y dar fin a una guerra en realidad ya concluida, según los expertos.

No fueron estos los últimos artefactos nucleares estadounidenses que cayeron sobre poblaciones civiles, esta vez por accidente. Pasadas las 9 de la mañana del 17 de enero de 1966, los 2.000 vecinos de Palomares, una pequeña localidad del sureste andaluz, se vieron sorprendidos por la ‘lluvia’ de grandes elementos incandescentes sobre sus cabezas y casas. Un bombardero B-52 se había incendiado mientras repostaba en el aire con un avión nodriza. Cuatro bombas atómicas, de un megatón cada una (73 veces más destructivas que las arrojadas sobre Japón), cayeron sobre la costa de la localidad. Siete pilotos murieron.

Milagrosamente, las bombas no explotaron, pero dos de ellas se rompieron al tocar el suelo, esparciendo varios kilos de plutonio en toda la zona. Al día de hoy, medio siglo después del siniestro, varios habitantes de Palomares siguen marcando algún tipo de contaminación y 50.000 metros cúbicos de tierra con plutonio y americio esperan ser transportadas al desierto de Nevada. Una amplia zona no podrá cultivarse jamás. De haber estallado alguna de las bombas caídas, sobre lo que hubo un grado de probabilidad según los expertos, la radiación hubiera afectado a España, Portugal, Argelia, Marruecos y la Europa meridional.

Empero, los ‘incidentes’ entre las grandes potencias y los desencadenados por errores tácticos en los sistemas de defensa pueden ser mucho más peligrosos que los ‘accidentes’, como el referido. El más conocido ‘incidente’ fue la “crisis de los misiles” de 1962, que enfrentó a Estados Unidos y Cuba, donde el presidente ruso Jruschov había situado cohetes con cabeza nuclear. La administración Kennedy amenazó con desencadenar un enfrentamiento atómico. Al final, la amenaza se desactivó. La URSS se llevó sus cohetes, Estados Unidos renunció a invadir Cuba y se comprometió a sacar sus misiles Júpiter de Turquía. Todo en cuestión de horas. Según el historiador y consejero del presidente estadounidense, Arthur Schlesinger, “fue el momento más peligroso de la historia”.

Otros ‘incidentes’, tanto o más peligrosos, han sido abortados a tiempo por la acción u omisión de oficiales intermedios o pilotos que han ignorado órdenes superiores que hubieran significado una catástrofe. Peripecias que desbordan la extensión de este artículo, pero que se pueden resumir en la declaración del general Leo Butler, antiguo director del Mando Estratégico Strat, que controla las armas nucleares y sus estrategia en Estados Unidos: “Hemos sobrevivido (en la era nuclear) por una combinación de talento, suerte e intervención divina, y sospecho que a este último factor le corresponde una proporción muy elevada”.

Son pocos los que a estas alturas dudan de que las 14.935 armas nucleares hoy esparcidas por el planeta suponen un peligro constante de destrucción de la humanidad del que nadie saldría indemne.

El Premio Nobel de la Paz recién otorgado a Ican, un grupo de 300 organizaciones que en más de 100 países luchan por la abolición de las armas nucleares en un momento en el que, según el jurado, “el riesgo de conflicto atómico es ahora mayor de lo que ha sido en mucho tiempo”, significa una llamada de atención para la población mundial.

Volviendo a las palabras del general Butler, podemos preguntarnos: “¿Con qué autoridad una tras otra generación de líderes en los Estados con armas nucleares usurpan el poder de dictar la posibilidad de que la vida continúe en nuestro planeta?”.

ANTONIO ALBIÑANA

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