Opinión

'País Paisa', el guión de un país entero

La obra se convirtió en un Vaticano suramericano, en una nación verbal nostálgica de sí misma.

22 de julio 2017 , 12:32 a.m.

Carlos Mario Aguirre y Cristina Toro, tras muchos años de observar las diferentes especies de aves (letreros de camiones), la tuvieron muy clara: el águila también podía volar sin zapatos, y la risa es el sumidero de todos nuestros miedos.

Lamentablemente, nuestros temores también son el palo en la rueda de la vida; pero, para poder liberar esa rueda, Carlos Mario Aguirre primero tuvo que hacerse el lavado de cerebro creyendo que deseaba ser médico, pagarle a Caronte para que lo llevara a España y luego llegar a la madre patria para darse cuenta, en Valladolid, de que su juramento hipocrático jamás se haría real y, de haberse dado, entonces hubiera sido más triste que la tragedia de Antígona, pero al igual que la desdicha de Sófocles, Carlos Mario tuvo que asumir que las palabras, leyes o deseos humanos jamás prevalecerán ante las decisiones divinas que ya le tenían trazado su destino en las tablas; incluso, antes de eso, también tuvo que dormir en una estación de metro en Madrid mientras esperaba que abrieran de nuevo las sucursales del barquero para regresar a Colombia y decirle a su vieja que el retorno era total porque en Medellín, en su casa y su familia, se le había quedado absolutamente todo.

Las radionovelas y el cine fueron para Carlos Mario los inagotables pozos de materia prima para sus primeras puestas en escena

Él asumió en persona la vergüenza familiar por su fulminante regreso al raizal de pocas calles que era el Medellín de esa época, pero con un desmesurado infierno de burlas capaz de estigmatizarlo como ‘el fracaso más absoluto’. Era el hazmerreír, un karma familiar, y –con el águila ya haciendo surcos sobre su cabeza– Carlos Mario realizaba, sin percibirlo, la primera puesta en escena con los monólogos del hijo pródigo que ni siquiera había alcanzado a comer con los cerdos de otras tierras porque su retorno –ya dicho– fue más rápido que la imaginaria e idealizada obra de regresar como un autorizado discípulo de Asclepio y respetado descendiente de Galeno.

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“… El audaz, el altivo aventurero de los mares. Subyuga con el peso de su mirada y el embrujo de sus palabras. Los hombres temían el poder de su espada vengadora, y las mujeres se rendían ante la fuerza sublime de su amor”: ‘Karim el árabe’, radionovela mexicana.

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Las radionovelas y el cine fueron para Carlos Mario los inagotables pozos de materia prima para sus primeras puestas en escena, libretos afanados o prestados que le garantizaban la posibilidad de personificarlos después en las tablas a su propia imagen, semejanza, capricho, calambur, color y velocidad verbal; no obstante, en la obra de la vida, en su vida que se parece más a ‘El cantar de los cantares’ sin realidad ni tiempo, y, con todos sus monólogos y guiones por crear, a Carlos Mario le faltaba el personaje de perfecto fular, la entelequia real del noctámbulo dramaturgo incapaz de apaciguar la procesión interior de todos sus personajes porque carecía aún de… ¡la musa etérea, pero tan real, curiosa y palpable como la mujer de Lot!

Cristina Toro, pragmática, decidida, muy contundente en sus objetivos y decisiones. Ella señaló el cerril camino a la cúspide de la realización empeñando hasta la voz de ella y su propio tutor. Puso el listón tan alto como lo imaginó, lio el sueño y el deseo con el rigor del trabajo demoledor, creyó en la transpiración bajo el dogma de la realidad; luego trazó también una verdad, la de ellos: “¡Sí se puede hacer teatro!” Despejó el cielo para el águila desesperada que el ‘Negro’ aún no sabía adiestrar para hacerla volar; además, fue capaz de ponerle un ultimátum a las viejas anclas de temores que él todavía arrastraba con doce perpetuos años de estudio en la Universidad de Antioquia: “¡¿El examen en la universidad o el ensayo conmigo?!”, sentenció Cristina para que un “país paisa” se convirtiera en el reconocido reflejo y libreto de una patria entera.

Y es allí donde ‘País paisa’ se convirtió en un ‘vaticano’ suramericano, en una nación verbal y nostálgica de sí misma, porque no hay un solo país –aquellos con verdadero presupuesto gubernamental, problemas y corrupción– donde El águila descalza en giras se pose para que el colombiano errante y foráneo concluya que partió, se repartió, pero ese trozo de vaticano parlante es el consulado móvil de un país que jamás existió hasta que otro genio colombiano decidió que ese patio, ese rudo territorio cabeza de un último continente se llamaría Macondo y –tiempo después– tendría una constitución titulada ‘País paisa’.

P. S.: Macondo nace desde el nombre del cartel de una hacienda bananera, y El águila descalza surgió también del cartel de un camión en Concepción; es decir, los carteles en Colombia, que pululan con gran imaginación, deberían ser proclamados patrimonio cultural.

ANDRÉS CANDELA

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