Opinión

Diario de lectura: ‘El hombre que no fue jueves’

La novela comienza con una veloz descripción del carnaval de Venecia.

19 de enero 2018 , 11:44 p.m.

Organizando en vacaciones de Navidad algunos libros y mi biblioteca ambulante –que jamás ha tenido una semana entera de orden–, lo decidí sin ningún titubeo: “leeré primero los libros de mis amigos, conocidos, colegas de cátedra y los puse al comienzo de la pila; luego, seguiré, como siempre y desde que lo leí por primera vez, escudriñando toda la obra de Amos Oz. Continuaré buscando todos sus suspiros, líneas, ensayos, entrevistas o lo que sea en cualquier parte del mundo, pero primero le daré prioridad a quienes conozco porque son ellos una ‘visita’ sin fin y muy especial en mi casa. Ellos son una conversación a mis ojos en mi idioma, un reposo con sus voces narradoras para mi silencio al final del día, o entre clase y clase cuando las ocupaciones lo permiten.

Le tomé una foto a la carátula de su libro y le agregué como mensaje: “Creo que conozco al autor de este libro que me han traído desde la ciudad de la furia”. Sonrió, lo sé porque lo escribió y porque hoy en día escribimos las sonrisas; después agregó: “ojalá te guste”. Y yo comencé, esa misma noche sin darme cuenta, como si fuera un impreciso diario de lectura, un desorden de ideas escritas que se le hace a un amigo por su hijo parido, el libro.

* * * *

Primer día: Una oración en la primera página, “¿un cabo suelto, un simple elogio de Esteban en su libro para el entonces cardenal Jorge Bergoglio?”, pensé, pero de inmediato lo refuté. “No. Con él, si alguien por lo menos tiene la costumbre de leer sus columnas cada jueves, se sabe de sobra que nunca hay un cabo suelto y esa oración de la primera página, sin duda, será un factor relevante en alguna parte de la historia”.

La novela comienza con una veloz descripción del carnaval de Venecia: los ‘cyborgs’ (japoneses con sus cámaras incrustadas al cuerpo), los arlequines, la neblina y los canales. Hasta ahí, uno cree que será una narración lineal con precisas descripciones, pero eso sería dibujar lo real, lo mundano, lo vivo, lo humano y lo divino que tan reteñido está en tantas obras (no quiere decir que sea malo hacerlo, mucho menos que sea aburridor establecer una historia con diversas versiones en cada época). Y basta el lugar, el que sea para que Esteban (desde que nos “conocemos” solo lo llamo por su segundo nombre) pueda dar un dato histórico, una ciudad, una parte en el mundo para que él, de inmediato, nos dé un derrotero escrito de los personajes más conocidos de dicho lugar con sus historias más inéditas.

Así es como él me llevó por el grato relato de la condena de Casanova –en la prisión del Dogo–, su fuga; mas, Casanova se devuelve para dejarle un mensaje a sus carceleros, un clímax inesperado en las primeras páginas e inmediatamente… Esteban regresa al presente de su obra (él o su narrador, no lo sé. Prefiero que el futuro lector lo averigüe). Pero no sabe por qué cuenta la historia del lujurioso amante y después sí lo sabe: “porque era una mañana de carnaval”. Para mí, un recurso literario de tiempo y lugar para inducirme en la historia y asimismo engañarme, burlarse de mí en sus primeras líneas y hacerme saber que –como en sus columnas– solo se le antojó contar esa historia o que es simplemente la primera digresión de todas las que el libro tiene. También me reí de mi suerte, de mi propio golpe y –en una fuerte exclamación sin ninguna carga peyorativa, pero con una larga carcajada–, se la dije en la distancia: “¡Hijo de…! Me dejaste colgado con la historia de Casanova. Mañana te sigo leyendo”, cerré el libro con esa placentera sensación de haber sido atrapado por él, pero debía madrugar.

ANDRÉS CANDELA

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