Opinión

Cuando te buscaba en el cielo

No se rindan tampoco ni se avergüencen de buscar a Dios dentro de ustedes mismos.

10 de enero 2018 , 12:00 a.m.

Hace tan solo una semana –podría decirse– que el árbol de Navidad era el objeto más apreciado por mi hija. Hoy, el desahuciado pino, ya tiene un color cobre de sequía agónica; o sea, como una de las tantas plantas abandonadas a su propia suerte cuando los dueños de casa se van de viaje, pero una Navidad más ha quedado en la memoria de mi hija ligado también al silencioso e inmediato viaje de mis primeras navidades que regresan a mi memoria como un nítido reflejo.

En la víspera, su infantil ansiedad, sin duda, se asemejó mucho a la mía cuando yo tenía su misma edad, una agitación de muchos (tal vez muy pocos) que hemos tenido la bonita suerte de creer en ese milagro, esa divinidad, ese viejo bonachón que baja del cielo a la tierra una vez al año cargado de los regalos que nosotros le hemos pedido durante un largo tiempo. Creo que no hay tiempo más eterno que el de un niño entre una Navidad y la siguiente.

Y me detengo a leer el anterior párrafo, a rememorar y rememorar sin cansancio mis ya extintas inocencias y le digo: -“Oye, preparo mi columna, ¿me puedes ayudar con unas dudas que tengo?”, -“¡Sí, papá!” -“Pues bien, dime, ¿cómo hace Papá Noel para tus regalos cada año?”. Me mira, deja sus colores sobre la mesa y me da cátedra completa de todo lo que es Navidad para ella con Papa Noel y sus duendes en esta parte del mundo sin omitir detalles; y yo… La escucho con el corazón arrugado de felicidad; luego, regreso a mi escritorio con el bálsamo de su inocencia capaz de hacerme sentir lo mismo y de avivarme todo aquello en lo cual yo también creía.

* * * *

Cada Navidad me juraba que haría lo imposible por verte, por sorprenderte cuando entraras a mi alcoba cargado de todo lo que yo te había pedido e incluso con lo demás que yo jamás pedía pero siempre traías: ropa. “¡Es imposible!”, me decía un tío. “En un solo parpadeo él pone todos tus regalos en tu cama y ni cuenta te das”, agregaba el cómplice de mi soñadora inocencia. Pero yo, en silencio y contra sus palabras, me seguía jurando verte. Yo tenía que ser el primero, el verdadero testigo de tu presencia, porque –aunque anhelaba mis regalos– mi verdadero sueño cada Navidad, durante mi veloz infancia, era el de poderte apreciar físicamente y poder hablarte para preguntarte –tal vez– lo mismo que Marcelino te preguntó cuando te ofreció pan y tú extendiste la mano para recibirlo.

Yo quería (aún lo quiero y lo reconozco sin ápice de vergüenza) ver la presencia de Dios ante mis ojos… “¿Es que acaso, además de creerte, es insensato querer verte?”, me lo digo hoy con el argumento que no tenían mis primeros años cuando lo esencial, sin condiciones, ¡era verte! Y por eso, sin cansancio, en esas noches de Navidad, te buscaba en el cielo de la noche porque tu llegada se acercaba cada vez más y con ese latente recuerdo le digo a ese niño aún vivo dentro de mí: no dejes de buscarlo, no dejes de llamarlo porque muy bien sabes que su presencia reconforta aunque el mundo lo niegue, aunque en tu circulo de trabajo el ateísmo sea casi la religión dominante, ¡búscalo, el cielo es muy grande! No desistas, no desistan ni renuncien en público a la búsqueda secreta del hombre con Dios; no se rindan tampoco ni se avergüencen de buscar a Dios dentro de ustedes mismos.

* * * *
La Navidad ha pasado, hemos vuelto al trabajo mientras el invierno se ocupa arduamente de lo suyo, pero ella aún cree y –por el momento– guardaré silencio para que crea, para que sueñe, porque gracias a los sueños de los niños los adultos somos menos aburridos algunas veces y gracias a niños que han soñado hay en el mundo soñadores emprendedores quienes hacen que la vida del pesimista sea un viaje más llevadero y menos horroroso; y yo, por mi parte, te seguiré buscando entre las costuras de cielo que sujetan la tierra.

P.S.: “…Oh, ya has visto tanto para saber que los niños son quienes enseñan”, U2 'You're the best thing about me'.

ANDRÉS CANDELA

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