Opinión

Sobre el pánico de las encuestas

En los últimos resultados de opinión divulgados hemos observado una especie de descreste técnico.

07 de febrero 2018 , 12:00 a.m.

En varias ocasiones he escrito columnas en EL TIEMPO sobre las falencias técnicas y metodológicas de la forma como se hacen las encuestas de opinión pública en Colombia, en especial sobre las elecciones presidenciales y del Congreso.

Hay varias experiencias de notables fallas en esas encuestas, por ejemplo, las elecciones parlamentarias del 2014 y, la última gran embarrada, los resultados del plebiscito sobre los acuerdos Gobierno-Farc de La Habana, que solo se refería a resolver la disyuntiva entre el sí y el no.

Pese a lo anterior, los medios las siguen contratando pues ya se han instalado como parte del paisaje electoral colombiano, proveyendo insumos para la diaria discusión de los analistas políticos y el trabajo periodístico.

Cada medio se colude con la firma encuestadora con la que trabaja y, por ende, casi nunca discuten sobre la validez metodológica que sustenta dicho trabajo. Por ejemplo, qué certeza se podría tener sobre una muestra cuyos criterios de selección son discrecionales de quienes las elaboran y en donde, con diseños que van de 1.200 a 2.200 encuestas, se investiga a 22 o 24 nombres por cuyas preferencias se indaga. A lo anterior se agrega que la mayoría de los encuestados son personas con poca cultura política, y como no es fácil recordar esa lista completa, el encuestado termina citando a los que más suenan en los medios aun cuando no sepa qué proponen.

Cada medio se colude con la firma encuestadora con la que trabaja y, por ende, casi nunca discuten sobre la validez metodológica que sustenta dicho trabajo.

Otra falla metodológica es que los encuestadores no tienen en cuenta la asimetría estadística representada en que los estratos bajos, que son los mayoritarios, son los que menos participación electoral registran, lo cual tiene impacto en la forma como se expanden los resultados de la muestra.

En los últimos resultados de opinión divulgados hemos observado una especie de descreste técnico, en donde la concepción técnica y metodológica de la encuesta se contamina, pues aparecen cosas como unas entrevistas directas, otras por teléfono y ‘focus groups’, que no son otra cosa que grupos de personas a las que se invita a opinar sobre unos determinados resultados y que el encuestador, a su leal saber y entender, incorpora como dato de ajuste de la encuesta, lo cual, por supuesto, altera el resultado inicial llevado a la consideración de ese ‘focus group’, el cual ni siquiera tiene la categoría de panel de expertos.

De las encuestas cuyos resultados se han divulgado en la semana que termina, la más consistente de acuerdo con el rigor técnico y metodológico es la realizada en toda la costa Atlántica, en la que participaron medios de comunicación, entidades académicas y de investigación, cuyo tamaño de muestra fue igual o mayor al que usan las otras firmas que operan desde Bogotá para todo el país.

Los resultados de esa encuesta revelan a Vargas Lleras de primero, Gustavo Petro de segundo, a poca distancia del primero, y a Sergio Fajardo en el tercer lugar. Por ello, frente al pánico que hoy están experimentando sectores del establecimiento político frente a la supuesta disparada de Petro en las encuestas nacionales, cuyas debilidades hemos señalado, quiero hacer una aproximación de politólogo aficionado.

De los candidatos en liza podemos decir que algunos de ellos tienen experiencia en certámenes electorales presidenciales anteriores, como Clara López, Gustavo Petro, Humberto de la Calle, Germán Vargas Lleras y Marta Lucía Ramírez, cuyas respectivas votaciones podemos considerarlas como una dotación inicial en términos de capital político. El caso de Sergio Fajardo, quien puntea en casi todas las encuestas nacionales, podemos considerarlo como uno atípico de opinión, formado con base en su experiencia en la Alcaldía de Medellín y la Gobernación de Antioquia, y de sectores académicos y mediáticos de Bogotá. Es decir que el realismo político nos estaría indicando que, en el resto del país, Fajardo no tendría la misma acogida que en los dos centros antes mencionados.

Si de la alianza entre el Centro Democrático y el conservatismo independiente se elige la llave Marta Lucía Ramírez e Iván Duque, es casi seguro que esta dupla llegaría a segunda vuelta porque las bases de esos dos grandes sectores son bastante disciplinadas. En ese caso, Vargas Lleras tendría que hilar muy delgado para elegir como compañero a la vicepresidencia, por ejemplo, a una personalidad de muy alto nivel de la costa Atlántica, pero con amplio reconocimiento nacional. Algunos periodistas han especulado sobre la visita reciente que Vargas Lleras le hizo a David Barguil en Montería, pero de acuerdo con la lógica de Vargas Lleras, Barguil, a pesar de tener un palmarés excelente como representante a la Cámara y ahora aspirante al Senado, resultaría demasiado ‘pollo’ para tal oferta. Pero esa encrucijada debe resolverla Vargas Lleras con un costeño de las calidades mencionadas porque de no ser así, la dupla Petro-Caicedo lo puede desplazar para la segunda vuelta.

Finalmente, se podría decir que Fajardo habría hecho un papel decoroso, el cual lo pondría en una sólida posición para el siguiente cuatrienio.

AMADEO RODRÍGUEZ CASTILLA
* Economista consultor

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