Opinión

El gas natural y la pobreza extrema

El gas natural es el mejor indicador para medir la superación de la pobreza extrema en Colombia.

27 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

Colombia es un país sin memoria y, por ello, ciertos eventos nos pasan por encima, sin reparar en los esfuerzos y logros que debieron hacerse para conseguirlos, y mucho menos en quiénes fueron los pioneros del impulso inicial.

Un caso de estudio es, por ejemplo, el relativo al gas natural para uso doméstico, sobre el cual se destacan su rápida masificación en atención a sus bondades como combustible barato para los hogares y el sector automotor y su carácter amigable con el medioambiente.

Destaco ese detalle por cuanto dicha revolución había tenido hasta el presente un carácter silencioso, reflejado en un propósito nacional que ha comprometido a diversos gobiernos, desde cuando la emergencia económica del gobierno López Michelsen, con su ministro de Minas Jaime García Parra, modificó el tratamiento a la inversión extranjera en el sector minero-energético, lo cual se tradujo en una mayor presencia de esas empresas en el país. Esa nueva política petrolera y gasífera fue posible en un escenario de elevación abrupta de los precios del petróleo a raíz de la famosa guerra de Yom Kipur, entre árabes e israelíes, en la cual los primeros se percataron de la importancia del petróleo como arma política.

Ese proceso siguió su curso en el gobierno siguiente, del doctor Turbay Ayala, tal como nos lo recuerda el exministro Carlos Rodado Noriega en su Informe al Congreso 2010- 2011, así: “Tengo el privilegio, por segunda vez en mi ya larga carrera profesional, de ocupar el Ministerio de Minas y Energía; esa grata experiencia me permite mirar retrospectivamente el país de entonces y el país de ahora, a la luz de algunos indicadores estratégicos, los cuales nos muestran que el sector minero-energético ha jugado un papel fundamental en la elevación de las condiciones y la calidad de vida de nuestros compatriotas. Baste recordar que, en esa época, los sectores mayoritarios de poblaciones urbanas como Bogotá y otras ciudades usaban como combustible doméstico el cocinol, llamado también gasolina blanca, que, además de ser altamente contaminante, era de un peligro extremo en combustión, lo cual, agregado a deficiencias en su manipulación, era fuente de muchas tragedias en vidas humanas y destrucción de los precarios bienes de sus infortunados usuarios”.

Una primera alternativa de mejora de la anterior situación la puso en práctica Ecopetrol con la entrega de unas estufetas que utilizaban briquetas de carbón, con menos riesgos de explosión pero con efectos nocivos para el ambiente y la salud humana. En el sector rural no existían siquiera las mencionadas opciones y, como en muchos otros países de nuestra región, la gente apelaba al uso de la leña con las nefastas consecuencias en términos del deterioro ambiental por la deforestación, la erosión de los suelos y la contaminación de aguas.

La ‘revolución del gas natural’ en Colombia, que con el tiempo se ha ido masificando y hoy cubre la casi totalidad de la Colombia urbana y de importantes sectores rurales

En esa época, el uso doméstico de la energía era un factor que diferenciaba a ricos y pobres, pues a estos últimos les estaba vedado, por su elevado costo, el uso de la energía eléctrica con fines domésticos; mientras que en la actualidad, tanto el ciudadano rico como el pobre disfrutan por igual del servicio de gas como algo normal. Por ello, al gas natural le cabe un papel destacado en la elevación del nivel de bienestar social de nuestra población y también como factor de democratización por el acceso masivo de la población a este valioso recurso.

Gracias a la puesta en marcha de políticas y programas de exploración, producción y sustitución de combustibles, el país pudo iniciar lo que podríamos llamar la ‘revolución del gas natural’ en Colombia, que con el tiempo se ha ido masificando y hoy cubre la casi totalidad de la Colombia urbana y de importantes sectores rurales.

De igual manera, hay que señalar que el gas natural es inmune al despilfarro, en el sentido de que, por ejemplo, siempre es factible desperdiciar agua dejando el grifo abierto o la energía al no apagar los bombillos, pero con el gas la cosa es a otro precio por el peligro que para la salud y la vida implica dejar el registro abierto.

El gas natural es el combustible de uso social más eficiente en Colombia y que es el mejor y más sencillo indicador para medir la superación de las condiciones de pobreza extrema, concepto para cuya medición nuestros académicos y tecnócratas apelan a fórmulas complejas y abstractas; por ejemplo, el galimatías de la “pobreza multidimensional”, de muy difícil digestión y comprensión para la gente común y corriente.

La sugerencia que al respecto les hago a esos arrogantes analistas y forjadores de políticas, en especial al Dane, es que todo hogar que sea usuario de gas natural de uso doméstico de hecho ya no pertenece al segmento de la pobreza extrema, pues el uso del gas natural es indicador de que se hace cocción de alimentos diariamente, lo cual lo ubicaría en otro nivel de la línea de pobreza.

Esa política de expansión y masificación del gas natural fue pieza central en el plan de desarrollo del primer gobierno de Juan Manuel Santos y su entonces ministro de Minas, Carlos Rodado Noriega, la cual se instrumentalizó con el decreto 2100 del 2011, que se convirtió en una carta de navegación no solo para las empresas que prestan los servicios de gas natural, sino para todas las entidades públicas del sector, en procura de alcanzar un objetivo estratégico como es: “El aseguramiento, en todo momento, del abastecimiento de gas natural para todos los usuarios del país”.

Con las grandes existencias de gas natural que el país posee y con los estímulos que la política oficial ofrece para que el sector privado las explote, podemos concluir que estamos en la ruta de superar la situación de pobreza de muchos de nuestros hogares, pues cada vez que un nuevo hogar se conecta al servicio supera automáticamente la condición de pobreza extrema.

AMADEO RODRÍGUEZ CASTILLA
* Economista consultor

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