Opinión

La paradoja de los acuerdos

Aunque lo acordado con las Farc puede remediar grandes inequidades de Colombia, el debate público se centra en otra cosa.

11 de agosto 2016 , 06:50 p.m.

Casi cuatro años. Nunca había estado tan cerca un acuerdo para llegar al fin del conflicto armado –y para hacer en Colombia transformaciones históricas que, paradójicamente, poco o nada figuran en la discusión pública.

Casi cuatro años de negociación. Y el resultado es que el centro del debate es la agenda de los críticos del proceso de paz, que consiste en si los comandantes de las Farc van o no a la cárcel y participan o no en política. Pero el centro de lo acordado son otras cosas. Lo verdaderamente importante son cuatro puntos, que pueden transformar a Colombia.
El primero es resolver la deuda histórica que el país –y sus élites, en especial las rurales– tienen con el campo.

Los acuerdos de La Habana implican repartir tierras y apoyo técnico, económico y de infraestructura a los campesinos que no las tienen y han emigrado a la selva a sembrar coca, para cerrar una frontera agrícola que está en mora de serlo en tiempos de cambio climático y preservación de la biodiversidad.

Implican crear un sistema de catastro y titulación de predios que normalice la propiedad de la tierra. Y un impuesto predial progresivo –el que más tiene más paga– que pode de raíz el interés perverso de acumular miles de hectáreas, una de las raíces de la guerra, y cree un mercado de tierras normal.

El segundo punto es ampliar una democracia excluyente, que da todo a los partidos tradicionales y al clientelismo y ha respondido históricamente a la oposición con persecución y guerra sucia.

Implica resolver las deudas básicas de la Constitución de 1991, que 25 años después de promulgada no ha producido un estatuto de la oposición; hacer una reforma electoral que abra espacio a los movimientos que no sean maquinarias, y dar tratamiento de interlocutores del Estado y no del Esmad a los movimientos y la protesta sociales.

El tercer punto es tener, por fin, una política de drogas realista.

Fumigar y erradicar forzosamente la coca del campesino y meter a la cárcel a los consumidores de cocaína solo ha servido para que el cultivo se desplace entre Perú, Bolivia y Colombia, para alimentar a los grupos armados que viven del negocio y para que cada día haya más consumidores y nuevos mercados.

Tratar al campesino cultivador y al raspachín como el eslabón más débil de la cadena; entender que han sido empujados por la pobreza a ese ilícito destino, y asumir al consumidor no como criminal, sino como paciente del sistema de salud pública son mínimos indispensables para atender en serio el problema de las drogas.

El cuarto punto son las víctimas.

Que conozcan qué pasó y, sobre todo, cómo pasó, por qué pasó y quién hizo y planificó lo que les ocurrió es una premisa básica para transitar de los odios y justificaciones de la guerra a una sociedad en la que la gente no se mate por las ideas, sino que las discuta.

Las víctimas –y no hay que olvidar que son 8 millones– están en el centro de lo acordado en Cuba. Que todos los victimarios, no solo las Farc, ofrezcan verdad completa y reparación a los que sufrieron de manera directa los impactos horrendos del conflicto y que la sociedad reconozca lo ocurrido y nunca lo olvide es un deber básico de los que vivieron la guerra en sus televisores y no en carne propia.

Transformaciones profundas para el campo, la democracia, la política antidrogas y las víctimas: ese es el verdadero centro de los acuerdos de La Habana.

Estos tienen el potencial de convertir a Colombia, después de décadas de odio, en una sociedad que tramite sus conflictos sin secuestros ni ‘falsos positivos’, sin desapariciones ni cilindros explosivos. Al lado de eso, lo de la cárcel y lo de la participación en política será importante, pero no es lo principal.


* * * *

Esa es la gran paradoja. Lo más relevante de los acuerdos de La Habana no lo está discutiendo casi nadie.

Álvaro Sierra Restrepo
cortapalo@gmail.com
@cortapalo

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