Opinión

Están pasando cosas inéditas

El verdadero pulso entre el Sí y el No no es por la impunidad o la participación en política de los guerrilleros; es entre la modernización y el pasado.

22 de septiembre 2016 , 07:07 p.m.

En una sola cosa están de acuerdo los arquitectos del Sí y el No: lo que pasa en Colombia es histórico. De allí su feroz contradicción.

Si el acuerdo de La Habana entra en vigor, Colombia puede cambiar radicalmente. Así lo entienden quienes lo negociaron y quienes lideran la oposición. Unos buscan el cambio con tanta fuerza como se le resisten los otros.

Cambia el campo. Pasaría de ser un universo dominado por terratenientes que acumulan tierra y ganado, pagan jornales mínimos y casi nada de predial a tener catastro, títulos de propiedad, impuestos progresivos contra la acumulación para generar un mercado normal de tierras, justicia agraria, leyes laborales y familias campesinas a las que se les dan tierra y condiciones para producir alimentos: infraestructura vial y de riego, electrificación, salud, educación, economías viables.

Los que buscan cerrar la brecha entre el mundo rural y el urbano y los que defienden el viejo statu quo entienden por igual que el acuerdo implica un cambio histórico en el campo –por eso unos lo promueven y a los otros los aterra–.

Cambia la política. La oposición política y la protesta social reciben las garantías que nunca tuvieron y siempre demandaron. Se transforma el régimen electoral. Se amplía la representación en el Congreso de territorios a los que la guerra y el centralismo mantienen sin voz ni voto. Y se potencia tremendamente la única herramienta capaz de limar los dientes al clientelismo y la corrupción: la participación ciudadana.

Que esta ampliación de la democracia es histórica lo entienden tanto los que la desean para modernizar el régimen político como los que la ven como una amenaza para el ejercicio tradicional del poder.

Cambia el manejo del problema de las drogas ilícitas. Del enfoque represivo contra el campesino cultivador y el usuario del producto final se pasa a un plan de sustitución de cultivos de coca por economías campesinas legales rentables y un tratamiento de salud pública y no de cárcel y estigmatización para el consumidor. Los que diseñaron este acuerdo y quienes se oponen, porque insisten en criminalizar, entienden por igual la magnitud del cambio.

Histórico es poner a las víctimas en el centro de todo. Amigos y enemigos del acuerdo saben que eso significa que la verdad y la reparación serán los pilares de la reconstrucción del país. La verdad es incómoda. Destruye las narrativas con las que todos justificaron la sevicia. La reparación implica reconocer que se hizo lo injustificable.

Eso lo están haciendo las Farc y el Gobierno. Comandantes guerrilleros compungidos ante los familiares de los diputados del Valle asesinados; el Presidente, aceptando responsabilidad del Estado por la masacre de la Unión Patriótica; los jefes de los ejércitos enemigos, apareciendo juntos ante las víctimas en Montes de María... ¿Cuándo había visto Colombia algo así?

Estos hechos de reconocimiento de la guerrilla y el Estado son inéditos. Y ponen a los arquitectos del No ante la pregunta incómoda de si ellos están, también, dispuestos a hacerlos.

Al acuerdo lo subtienden dos cosas: la participación activa de la gente en las decisiones y el énfasis de que son los territorios, y no las élites locales y bogotanas, los que deben diseñar y ejecutar todo. El impacto que esto puede llegar a tener en el ejercicio del poder entusiasma tanto a los que diseñaron el acuerdo como preocupa a los que se le oponen.


* * * *

Desde orillas opuestas, los arquitectos del Sí y el No perciben por igual el impacto histórico del acuerdo de paz. Unos lo buscan; a los otros los asusta. Por eso, el debate de fondo no es sobre impunidad y participación en política de los guerrilleros. Ese es apenas el velo retórico del verdadero pulso: entre la modernización y el pasado.


Álvaro Sierra Restrepo
cortapalo@gmail.com@cortapalo

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