Opinión

Un Estado moderno y democrático para salir de la crisis

No solo debemos cambiar el modelo económico, también, los políticos ya pasados de jubilarse.

17 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

Aun con la terminación del conflicto armado interno y el avance (lamentablemente traumático) de la implementación de los acuerdos de La Habana, el país habrá de transitar todavía un tiempo más bajo la tensa atmósfera de sus crisis insolubles, como legado de 25 años de gobiernos neoliberales. Un repaso a los indicadores socioeconómicos que cierran cada uno de esos periodos evidencia, además, la forma cómo las estructuras del poder político se han articulado en instituciones, partidos y élites locales con menoscabo de la democracia.

En términos comparativos no es necio afirmar que el modelo monetarista de acumulación, privatización y déficit público ha arrojado más víctimas, corrupción,
deslegitimación institucional y abstención electoral que el mismo conflicto armado de cincuenta años.

El número de víctimas de esa larga confrontación no guarda relación equiparable con la cantidad de niños que desde hace décadas muere diariamente de hambre ni con la población mayor que fallece a las puertas de los hospitales por la indiferencia del sistema, ni con los muertos de la criminalidad urbana, para no hablar de la creciente población en estado de pobreza, miseria y desigualdad, agravada por la penetración del narcotráfico, según el más reciente estudio del economista Thomas Piketty para la Cepal, que nos sitúa como uno de los países más desiguales del mundo: https://www.las2orillas.co/colombia-es-uno-de-los-paises-mas-desiguales-del-mundo/


Todo ello indica el fracaso total de esa política y, por supuesto, es el rasero por el cual podemos medir la calidad, la preparación y el conocimiento de la clase dirigente que todavía, sin ningún reato de conciencia tiene en sus manos “los hilos del poder” y cuyas acciones discursivas han sido más disolventes que integradoras. Van esencialmente tras la búsqueda de consensos que les reditúen ventajas para su reproducción política y económica, en detrimento de la construcción de un proyecto político incluyente, renovador y moderno.

La crisis que afecta el desarrollo del Estado, no es solo de lo político o de la política –dos conceptos diferentes–, sino social, económica y cultural, cuyos signos son engañosamente atribuidos a la conflictividad armada y social que marca nuestra trayectoria de sociedad y que por cuenta de la mala política ha perdido sus ejes de cohesión.

Por ello resulta evidente que la vigencia del Estado Social y democrático de Derecho no debe quedarse en los enunciados de la Constitución de 1991 –por cierto, un pacto entre neoliberales y socialdemócratas–, sino avanzar hacia la consciente e inaplazable necesidad de estimular la activa participación democrática de la sociedad en su conjunto deliberante.

Colombia requiere un cambio de modelo económico capaz de garantizar la ampliación sostenida de los derechos y de conferirle sentido material a la democracia. Es importante advertir que las premisas teóricas conque estos gobiernos justificaron la implantación a rajatabla de la apertura económica –cambiaria y comercial–, nunca fueron válidas y actualmente es una perversa estructura que impide la modernización y el crecimiento productivo del país.

No solo debemos buscar el cambio del modelo económico sino del personal político ya pasado de jubilarse. Examinemos gente nueva, no contaminada, con capacidad de recuperar la ética pública como valor esencial de la política y la democracia para la justicia y la convivencia humanas. No más tolerancia cómplice con los gamonales clientelistas.

Por fortuna, este proceso nos está permitiendo apreciar la emergencia de nuevos liderazgos con propuestas que marcan claras rupturas con la vieja política, la del amiguismo excluyente y la captura mafiosa del Estado.

Entre otras muchas personalidades ligadas a las fuerzas políticas progresistas del país, advertimos la presencia de Humberto de la Calle. El mismo pensador político que coordinó la construcción de la Constitución Política de 1991 y encabezó idóneamente el equipo negociador del Gobierno para terminar el conflicto y construir una paz duradera y sostenible.

Humberto de la Calle es un estadista moderno y probo en quien siempre ha estado presente un alto sentido del juicio crítico, que ha ascendido en la admiración y el respeto de los colombianos merced de su preparación intelectual y al profundo conocimiento del país. Es un eminente ciudadano –por el que invito a mis lectores a votar en la consulta liberal abierta del domingo 19– que no se ha limitado a “trabajar” la política y lo público desde la praxis usual o los planos predeterminados del cálculo politiquero, sino que la ha asumido desde su formación como practicante de una estructura de conocimientos y valores tan rica y polifacética como pocos.

ALPHER ROJAS C.

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA