Opinión

¡Sacerdote para siempre!

el Espíritu de Dios irrumpió en mi vida para configurarme interiormente a Cristo-Sacerdote.

03 de diciembre 2017 , 01:25 a.m.

Hace 61 años se coló este gozo por todos los rincones de mi ser y no me ha abandonado ni un instante de mi vida: ¡soy sacerdote para siempre!

Permítanme que los haga partícipes de mi alegría. Es contagiosa. Deseo que se regocijen conmigo para que me ayuden a darle gracias a Dios por este sol que hace ya 61 años alumbra mi oscuridad y corrige todos los meandros retorcidos de mi ser.

Todo empezó una mañanita de diciembre de 1956. Me parece que fue ayer no más, cuando el Espíritu de Dios irrumpió en mi vida para configurarme interiormente a Cristo-Sacerdote. Entonces, con las manos sobre mi cabeza, pronunció el obispo estas palabras: “Eres sacerdote para siempre”. No sé expresarlo. No sé lo que entonces sucedió en mi ser, si Cristo-Sacerdote entró en mí o yo en Él. Solo recuerdo que estamos presentes el uno al otro. Desde entonces, mi vida entera cambió.

Cuando me acerco a un ‘hijo de hombre’ para convertirlo en ‘hijo de Dios’ y pronuncio sobre su inocente cabecita el rito inicial: “Yo te bautizo”, es Cristo-Sacerdote quien lo dice, valiéndose de mis labios humanos y pecadores. Cuando, frágil e impotente, alzo mi mano a lo alto para impartir el perdón de Dios sobre la frente de mi hermano pecador, es su voz misericordiosa la que le dice: “Yo te absuelvo...”. “Cuando, hambriento de pan y sediento de amor, vago por las calles de la vida, y, en la asamblea dominical, calmo el hambre y la sed de mis hermanos con el Cuerpo y la Sangre del Hijo de Dios cuando, ante el asombro de ellos y el estupor mío, exclamo: “Este es mi Cuerpo; esta es mi Sangre”, eres tú, Jesús-Sacerdote, quien habla desde mi interior.

Nada, quizá, como la muerte del ser humano sacude tan profundamente mi mortal existencia. He acompañado a muchos amigos en el trance doloroso de morir, y allí es donde mi sacerdocio, perdón, el de Cristo, le ha dado más sentido a mi vida, y consuelo, al morir de mis amigos: “Yo soy la resurrección y la vida –les digo–; perdón, no yo, es Cristo quien les dice: “Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”.

Ser sacerdote es la experiencia más sublime que puede vivir un hombre sobre la tierra. Es la experiencia que convierte la tierra en cielo y la muerte del hombre, en vida de Dios.

Algunos jóvenes de hoy dicen que las mejores experiencias de su vida las encuentran en el sexo, en tecnologías, en el licor o en la droga.

Si no conociéramos los funestos resultados de esas experiencias, hasta nos podrían convencer. Convencen al ingenuo, al desprevenido. No saben aún que no todo lo que brilla es oro. No saben aún que se encuentra mayor felicidad en dar que en recibir, en morir a uno mismo que en vivir para el placer. No saben distinguir aún la felicidad verdadera del placer engañoso y fugaz.

Sesenta y un años que han corrido veloces, dejando entre las entretelas de mi espíritu la felicidad de compartir con los demás sus penas y alegrías, sus éxitos y fracasos, su vida y su muerte.

Ser sacerdote es ser testigo de Dios en este mundo, es decirles a todos los hombres que existe Dios, que está presente entre nosotros y se llama Jesús.

¡Qué haríamos en este mundo sin sacerdotes! Se apagaría el luminoso sol. La sonrisa huiría de las caritas ingenuas de los niños y se extinguiría la esperanza en los rostros arrugados de los ancianos. La ilusión abandonaría el corazón alegre de los novios y el amor dejaría huérfanos a los amantes esposos. La paloma de la paz alzaría su vuelo hacia el mar Muerto y las abejas trocarían por acíbar su dulce miel.

Pero, no, no alimentemos pensamientos tristes y odiosos. Seguirá habiendo sacerdotes; seguirá triunfando la vida sobre la muerte. ¡Jesucristo es Sacerdote para siempre!

Y habrá alguien, todavía, que me pregunte por qué, hace 61 años, se coló esta inmensa dicha por todos los poros ocultos de mi espíritu.

ALFONSO LLANO ESCOBAR, S. J.

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