Opinión

Y la descertificación, ahí…

Debemos cumplir los compromisos internacionales, haciendo todo lo posible para combatir el flagelo.

20 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

Como una garrapata, el tratamiento del narcotráfico es tema que no quiere desprenderse de nuestra agenda pública. Sin duda, como dijo el papa Francisco, es una de las peores “lacras” que han caído sobre la Nación.

A partir de la década de los 80, principalmente, y después de la declaratoria de ‘guerra a las drogas’, el narcotráfico ha estado siempre ahí, rondando nuestra débil democracia y corrompiendo todo lo que pase a su lado.

Al contrario de cuanto suele decirse, el país no se benefició económicamente por el hecho de que unos cuantos colombianos se involucraran en el ilícito negocio. Basta recordar –sin hablar de los muertos– cuánto ha costado esta lucha en materia de fortalecimiento de la Fuerza Pública y el aparato judicial.

El daño institucional ha sido enorme. Por el ‘estiércol del diablo’ se corrompieron sectores de la política, el Ejecutivo y la Rama Judicial. La sola arremetida de los narcotraficantes para evitar la extradición cobró la vida de muchos dirigentes políticos, magistrados, periodistas y defensores de derechos humanos que hoy nos hacen mucha falta, como Manuel Gaona, Carlos Medellín, Rodrigo Lara, Enrique Low Murtra, Luis Carlos Galán, Guillermo Cano, Carlos Mauro Hoyos y Jorge Enrique Pulido, entre otros.

La ‘certificación’ es un mecanismo discutible que debería comprender los éxitos o fracasos en toda la cadena: cultivos, control de precursores químicos, lavado de activos, tráfico y consumo

Por culpa del narcotráfico y su poder intimidante, tuvimos que aceptar figuras no muy ortodoxas como testigos, fiscales y jueces sin rostro. Fue famosa la frase del ministro de Justicia Jaime Giraldo de que era mejor tener jueces sin rostro que jueces sin vida. En algún momento recurrimos a los consejos verbales de guerra para juzgar a los narcotraficantes.

Por causa del mecanismo de la certificación, fuimos humillados cuando le retiraron la visa americana a un presidente en ejercicio. Y, como decía Jaime Garzón, nos aguantamos al invasivo y recientemente fallecido ‘virrey Frechette’. Además, como dijera García Márquez, el mayor de los males de los narcotraficantes a Colombia fue haber inculcado la cultura del ‘enriquecimiento fácil’, que trastocó todos los valores.

No obstante que el país no se convirtió en narcodemocracia gracias a la posición valiente de compatriotas como el presidente Barco, militares, policías, soldados, políticos honrados, periodistas, todavía hoy en los aeropuertos del mundo la presentación del pasaporte colombiano con frecuencia da pie a vejámenes, insultos y maltratos.

Por eso, Colombia debe enfrentar la lucha contra el narcotráfico con la determinación que lo ha hecho, como un problema de dignidad nacional. Las penas contra el tráfico de drogas son las más altas en la región. La extradición la aplicamos hasta el extremo de desgastarla, ya que los narcos invirtieron el lema de la época del narcoterrorismo: ya no dicen que prefieren una tumba en Colombia a una cárcel en el exterior, sino una negociación en EE. UU. a un proceso en Colombia.

Los paramilitares están presos por enviar al exterior centenares de toneladas de coca, no por la muerte, tortura y desaparición de miles de colombianos.

Y de nuevo surge el fantasma de la ‘descertificación’, dado el aumento de los cultivos ilícitos. La ‘certificación’ es un mecanismo discutible que debería comprender los éxitos o fracasos en toda la cadena: cultivos, control de precursores químicos, lavado de activos, tráfico y consumo. Pero, como se sabe, nos sometimos sin chistar al poner la totuma para recibir recursos destinados a combatir el narcotráfico.

La renuncia a tales recursos nos sacudiría de ese yugo. Pero, mientras tanto, debemos seguir cumpliendo los compromisos internacionales y haciendo todo lo posible, por dignidad nacional, para sacar este flagelo de nuestro territorio, combatiendo al efecto la laxitud que aún subsiste en ciertos sectores sociales y políticos.

Desconocer lo evidente no es la solución. Mucho más acertada la respuesta del vicepresidente Naranjo, que, sin negar lo innegable, recuerda todo lo que ha hecho Colombia, e insiste en continuar en la lucha dentro del marco de la cooperación respetuosa.

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ

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