Opinión

Las pelucas en la política

Si no fuera dramático, sería cómico lo ocurrido en Colombia con el llamado 'voltearepismo'.

26 de julio 2017 , 12:00 a.m.

Todo parecería indicar que una nueva ‘reforma política’, surgida de los acuerdos de paz de La Habana y el Colón, esta vez tampoco irá. El Gobierno prefirió no presentarla en la pasada legislatura, mientras se ‘socializa’ con todas las agrupaciones políticas representadas en el Congreso.

Los temas que podrían denominarse ‘columna vertebral’ de las propuestas de la ‘gran comisión’ no han encontrado ambiente, entre ellos la lista cerrada para el Congreso, que, unida a un sistema realmente democrático –no el del bolígrafo en las agrupaciones–, al fin permitirá volver a tener partidos serios. Igual suerte han corrido otras recomendaciones asociadas a la financiación de las campañas y a la circunscripción nacional para Senado.

En cierta forma, tienen razón quienes se han opuesto a los necesarios cambios, ya que por la tardanza el debate se daría iniciado el proceso electoral para renovar el Congreso, en marzo próximo. Por fuera de la misión electoral han aparecido otras ‘ideas’ claramente populistas, como la de reducir el sueldo de los congresistas o recortar de modo arbitrario el máximo de periodos posibles para ser elegido parlamentario.

Voceros de los partidos han dicho que puede aprovecharse el ambiente de reforma para permitir el transfuguismo, es decir que, ahí sí, en mitad del debate electoral, directivos de los partidos o congresistas puedan trastearse con sus aciertos y pecados, y sobre todo con sus votos, a otras toldas.

En países serios no se ‘legisla’ sobre transfuguismo porque este
no se da. Aquí sí es ‘necesario’ hacerlo: una norma lo prohíbe y
otra lo autoriza

Si no fuera dramático, sería cómico lo ocurrido en Colombia con el popularmente llamado voltearepismo. Mientras tuvimos partidos más o menos organizados (Liberal, Conservador, Nuevo Liberalismo, MRL, Comunista, UP, Anapo), no era tema sobre el cual tuviera que ocuparse el Parlamento, pues no se daba que, como trompos, los políticos estuvieran buscando acomodo. Era tan excepcional que quienes lo hacían quedaban ‘fichados’. Hoy sería al revés. Baste con anotar que algunos de quienes figuran como los ‘duros’ del liberalismo, aun como precandidatos, fueron, en el pasado, pastranistas y uribistas, claramente en contra del partido. Muchas veces hemos traído a colación la frase de Olaya Herrera cuando, en el año 30, le contaron que algunos conservadores, pocos en verdad, se habían volteado para el nuevo gobierno: “Qué traidores tan leales”.

En los años 50 –en plena confrontación partidista– fueron estigmatizados los ‘lentejos’ porque el más ilustre y culto de ellos, Abelardo Forero Benavides, le aceptó al dictador Rojas Pinilla la embajada en Argentina. Y era tan fuerte la sanción moral y política que Lleras Restrepo comenzó a distanciarse de su pupilo Misael Pastrana cuando nombró a ese mismo ‘lentejo’ ministro de Gobierno. Claro que, a pesar del peso político de Lleras Restrepo, a la usanza de entonces, Pastrana no se dejó tocar el fuero presidencial.

Hace algunos años, en España se produjo un terremoto cuando dos concejalas se voltearon del PSOE al PP. Fue tal el repudio hacia ellas que su único remedio fue usar pelucas para que no las reconocieran y les gritaran “tránsfugas”. Si eso se hubiere aplicado en Colombia, seguramente se habría disparado la economía ¡por la producción de pelucas!

Hay que decir que el transfuguismo no se aplica para los electores, que pueden cambiar de partido a su antojo, sino para quienes se han valido de una colectividad para hacerse elegir y luego dan volteretas hasta de 360 grados.

Curiosamente, aquí se hizo una reforma constitucional para prohibirlo, y en pocos años se haría otra para permitirlo. Todo porque los partidos se convirtieron en meras siglas que pueden cambiarse con facilidad y quienes aspiran al Congreso andan desesperados buscando avales. En países serios no se ‘legisla’ sobre transfuguismo porque este no se da. Aquí sí es ‘necesario’ hacerlo: una norma lo prohíbe y otra lo autoriza.

Las leyes no cambian a los hombres. Igual ocurre en la lucha contra la corrupción: nunca antes había existido tanta como ahora, cuando proliferan cambios constitucionales y legales para combatirla.

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ

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