Opinión

La Vicepresidencia

Las fisuras se pueden presentar no por la figura en sí, sino por diferencias de temperamento.

08 de marzo 2017 , 12:05 a.m.

Una de las manifestaciones de la inestabilidad constitucional en Colombia –hervidero de constituciones que no se acatan– radica en que casi siempre se reforman o derogan en razón de circunstancias puramente coyunturales, y no pocas veces en función de personas. Así ha pasado, por ejemplo, con los periodos presidenciales. Hemos tenido de dos, de cuatro, de seis, de ocho años, dependiendo de vaivenes políticos.

Los liberales de Rionegro, en 1863, para ‘amarrar’ a Mosquera, el gran caudillo triunfante –quien fue cuatro veces presidente y terminó en su senectud como alcalde de Coconuco, que era como su hacienda–, establecieron un periodo de dos años sin reelección inmediata. Luego, Núñez, arrepentido radical, triunfante en 1885, con su consejo de delegatarios de 1886, pasó el periodo de dos a seis años, inclusive con reelección inmediata.

Como es sabido, Reyes, con otra ‘constituyente’ y solo para él, fijó un periodo de diez años. A su salida, como reacción, la Asamblea constitucional de 1910 bajó el periodo a cuatro, sin reelección inmediata.

La Constituyente del 91 –en la que también se propuso, sin éxito, dejar el periodo en cinco años– prohibió la reelección. Luego, en la luna de miel del país con Álvaro Uribe, se le permitió que cambiara la Constitución para reelegirse de manera inmediata, con significativos y olvidados apoyos.

De la reforma llamada del equilibrio de poderes, de las pocas cosas que quedaron en pie, está la de prohibir la reelección para siempre.

Los mismos altibajos ha tenido la figura de la Vicepresidencia, descrita con maestría por Óscar Alarcón en su libro 'Los segundos de a bordo'.

Bolívar la suprimió en un momento por las conocidas diferencias con el vicepresidente Santander, atribuidas, entre otras cosas, según algunos historiadores, a la rivalidad entre los dos próceres por el corazón de las Ibáñez.

Cuando se abolía la Vicepresidencia se reemplazaba por la figura del designado, que funcionó más o menos bien durante buena parte del siglo XX. La última vez la había eliminado Reyes con una constituyente para quitarse de encima al incómodo vicepresidente Ramón González Valencia, a quien, como lo recuerda Alarcón, convenció de su renuncia el nuncio apostólico, bajo la promesa de levantarle unos extraños votos de castidad.

En la confirmación de la supresión en 1910, pesó el hecho del golpe de Estado de 1900, cuando un anciano, José Manuel Marroquín, en su condición de vicepresidente, derrocó a otro anciano, Manuel Antonio Sanclemente, quien, por problemas de salud, despachaba desde Anapoima, en esa época centro de poder. Antes de 1991 hubo varios proyectos para restablecer la Vicepresidencia, entre ellos uno de Luis Carlos Galán, del cual tuve el honor de ser ponente como representante a la Cámara.

La Constituyente, con la oposición de uno de sus inspiradores, el ministro de Gobierno Humberto de la Calle, y con la mayoría fugazmente armada por el M-19 y Álvaro Gómez, cambió la figura del designado –el último de los cuales fue Juan Manuel Santos, durante el gobierno Gaviria– y restableció la Vicepresidencia.

Los problemas suscitados son más recientes y conocidos: la renuncia de Humberto de la Calle a la embajada en Madrid y a la Vicepresidencia por los episodios del proceso 8.000 durante la administración Samper.

El periodo tranquilo entre Pastrana y su vicepresidente, Gustavo Bell, lo mismo que entre Uribe y su fórmula, Francisco Santos. A pesar de menores roces, Angelino Garzón fue un coequipero de Santos. Como también lo ha sido, pese a algunos desencuentros, Germán Vargas Lleras. Se auguran tiempos tranquilos con Óscar Naranjo como nuevo vicepresidente.

Llámese designado o vicepresidente, las fisuras se pueden presentar no por la figura en sí, sino por diferencias de temperamento entre los segundos de a bordo y el jefe del Estado. Por ahora, como esta reforma no podría sacarse por 'fast track' y su trámite no alcanzaría a darse antes de que arranque la campaña, es mejor dejar los Santos quietos.


ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ

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