Opinión

La paz querida

Esta iniciativa es un buen augurio de cómo los colombianos, sin distinciones, podemos y debemos apropiarnos de la paz, al margen de coyunturas electorales.

09 de agosto 2016 , 06:45 p.m.

El título de esta columna ha sido reiterado en medios a propósito de la presentación, en la biblioteca Luis Ángel Arango, de un grupo de ciudadanos que bajo ese rótulo venimos reuniéndonos para reflexionar sobre la paz de Colombia, por iniciativa y bajo la dirección y coordinación de un gran militar civilista, el general (r) Henry Medina.

Este pequeño universo de colombianos de todas las tendencias está integrado por hombres y mujeres de las más diversas formaciones y disciplinas; entre otros, profesores universitarios, actores de la vida pública, investigadores, sociólogos, historiadores, ambientalistas, militares en retiro, empeñados, como dicen los jóvenes, en ‘botar corriente’ sobre cómo aclimatar una paz duradera en el país.

Como no es posible mencionarlos a todos, quiero solo nombrar al padre Francisco de Roux, cuyo trabajo pastoral tanto ayudó a superar la otrora convulsionada situación del Magdalena Medio; a Margarita Marino de Botero, exgerente del Inderena y pionera en la concientización ciudadana sobre la importancia de preservar el medioambiente. Y, de modo especial, a Juan Mario Laserna, un hombre genial, hace pocos días desaparecido prematuramente, con quien el viernes anterior a su muerte había conversado durante un evento cafetero en Planadas, convocado por el gobernador del Tolima, Óscar Barreto, más otros tolimenses ilusionados con cuanto significaría para nuestra martirizada región pasar de la guerra a la paz.

Los planteamientos de este equipo, al margen del partidismo, trascienden el proceso de paz con las Farc, pues apuntan básicamente a la creación de las condiciones necesarias para que nuestros compatriotas puedan convivir sin resolver sus controversias por la vía armada.

Porque, como es sabido, la paz no es solo silencio de los fusiles ni terminación del conflicto, si bien son requisitos necesarios para acordarla. Esas indefectibles condiciones, políticas, económicas y sociales son anteriores y posteriores al conflicto mismo. Es una visión distinta de país, que piensa en cómo desarrollar nuestras inmensas riquezas, en una sociedad educada, culta, igualitaria e incluyente. Apunta a practicar la tolerancia como un valor fundamental para que nos aceptemos dentro de las diferencias.

Al contrario de cuanto está pasando con las aproximaciones de la clase política tradicional, aquí no se está anticipando el juego de las candidaturas presidenciales, ni gestando aspiraciones a cargos burocráticos o de elección. Parafraseando a Ihering, el gran profesor alemán, es la “lucha por la paz”.

Naturalmente, en este grupo apoyamos el plebiscito por la paz, sin que con ello se agote nuestra participación crítica. Porque creemos que no puede incurrirse en el error gubernamental de convertir el plebiscito por la paz en un cuadrilátero entre expresidentes, ni en un anticipo de la campaña presidencial.

Ya el país está acostumbrado a sus odios, que se convierten en apasionados amores o viceversa, en cuestión de meses y aun de días. Como escribió María Jimena Duzán en Semana, hay que sacar el tema del plebiscito de controversias a veces sin sentido entre quienes en su momento agotaron su espacio histórico para cambiar al país.

Con seguridad, dentro de la nueva Colombia que pueda surgir de la concreción de los acuerdos, habrá que pensar en qué papel les atribuimos a los expresidentes, empezando por no volver a llamarlos ‘Presidente’ una vez culminado su periodo.

La “paz querida” es, entonces, un buen augurio de cómo los colombianos, sin distinciones, podemos y debemos apropiarnos de la paz, al margen de coyunturas electorales y con oídos sordos ante la verdadera nube de ‘posconflictólogos’ que vienen apareciendo, armados de propuestas contractuales de ‘venta de carreta’. Es un ideal de construcción de paz, incluso más allá de las obligaciones constitucionales.

Alfonso Gómez Méndez

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