Opinión

La lección de Mockus

Hay que aprovechar para replantear en serio todo el sistema político.

22 de marzo 2017 , 12:00 a.m.

En medio de la gran controversia nacional por el llamado ‘caso Odebrecht’, se ha generado una inmensa confusión entre los ciudadanos, que ya no distinguen una situación de otra, falta de información que una encuesta mostraría.

Es necesario delimitar los temas. Una cosa es sobornar funcionarios para obtener ilegítimos beneficios contractuales del Estado y otra, aun cuando también censurable, violar las normas electorales sobre financiación de campañas.

En el primer caso, de lo que se trata es de una acción claramente delictuosa, regulada en el Código Penal, sin consecuencia distinta a que los responsables vayan a la cárcel.

El otro evento vuelve a poner sobre el tapete el viejo tema de la relación contratistas-campañas políticas. Podría decirse que casi siempre los grandes empresarios del país han financiado campañas presidenciales, a congresistas y últimamente a alcaldes y gobernadores.

Subsiste la discusión de si personas adineradas aportan a las campañas en pro del desarrollo democrático, o porque aspiran a favores o ‘tratamientos amables’ de los elegidos, caso en el cual el hecho se torna claramente delictuoso, dado que hay relación directa, concreta, concertada, entre el apoyo a una campaña y la concesión de una dádiva estatal. Y es que históricamente los empresarios han contribuido a todas las campañas, incluidas las de izquierda.

Mockus nos recordó que no está bien hacerle trampa a la ley, volándose los topes o admitiendo contribuciones no permitidas.

Una de las clásicas desviaciones colombianas es establecer una especie de ‘culpabilidad retroactiva’ que lleva a las gentes a divertidas piruetas como la de negar vínculos con personas respecto de las cuales en el pasado no se había conocido de conductas indebidas, y a las que todo el mundo buscaba. Así ocurre con Odebrecht con quienes antes de este escándalo sacaban pecho haciéndose pasar por sus amigos. ¡La comedia humana!

No es válida la comparación con el llamado proceso 8.000, pues la recepción de dineros derivados del narcotráfico o de cualquier actividad ilegal es ilícita per se. Por cierto, el proceso 8.000 no fue el que adelantó la Cámara contra Samper, sino los centenares que se abrieron contra congresistas, alcaldes, gobernadores, altos funcionarios que habían recibido plata de la mafia para sus propias campañas, algunas desde 1991.

El tema de los topes, como el de la prohibición de la intervención en política, es otra de las grandes hipocresías nacionales. Salvo raras excepciones, no hay campaña al Congreso, alcaldías o gobernaciones que no supere los topes electorales.

El Consejo Electoral se limita a revisar los libros que presentan las campañas, pero no tiene herramientas, y a veces ni voluntad, para profundizar un poco más. Bastaría con que hicieran cuentas de lo que se gasta en vallas, cuñas publicitarias, asesores de imagen, movilizaciones, ‘logística electoral’, para que se dieran cuenta de las mentiras que han sido históricamente falsedades consentidas.

El siempre ingenioso profesor Antanas Mockus –quien, por cierto, nunca ha invertido grandes sumas en sus campañas– puso las cosas en su sitio. Recordó que no está bien hacerle trampa a la ley, volándose los topes o admitiendo contribuciones no permitidas. Pero les salió al paso a quienes querían pescar en río revuelto, al decir que unos afiches más no habrían cambiado el resultado electoral, y reconoció sus propios errores de campaña. Por cierto, el Partido Verde de entonces no es el mismo de hoy.

En el caso de la financiación ilegal –que se dio en las dos últimas campañas de manera distinta–, la lección no debe ser la de sumarse a la histeria colectiva o hacerles el juego a los oportunistas, sino aprovechar para replantearse en serio todo el sistema político. ¿Por qué hay que invertir tanto dinero para convencer electores? ¿En qué momento acabamos con los partidos políticos de verdad, que llevaban a la gente a votar por mística y no por eso que Gaitán llamaba “las cosas de comer”? ¿Por qué no hemos sido capaces de crear un sistema electoral confiable?

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ

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