Opinión

El negocio de la paz…

Aun con errores e improvisaciones, la paz sigue siendo un buen negocio para los colombianos.

25 de abril 2018 , 12:00 a.m.

Para esta nación, ayer, hoy y mañana, el mejor negocio es la Paz, con mayúsculas, pese a que algunos avivatos hayan visto en ella, ante todo en el posconflicto, el mejor negocio de su vida.

Así, descontado el periodo transcurrido entre el fin de la guerra de los Mil Días y comienzos de la década del 30, hemos vivido confrontaciones armadas por muy diversas causas. Con el asesinato de Gaitán (1948) y el cierre del Congreso (1949) se consolidó la llamada ‘Era de la Violencia’, que produjo una real ruptura institucional y 300.000 muertos entre gentes humildes, liberales y conservadores, por los que nadie respondió.

Se necesitó el Frente Nacional, con su pacto de impunidad política, para acabar el desangre. De las guerrillas liberales y la reacción conservadora pasamos a la subversión armada –después de la operación Marquetalia (1964), gobierno de Valencia– con el surgimiento del conflicto que desde Lleras Restrepo casi todos los presidentes buscaron resolver, entre conocidas dificultades.

En enero de 1965, con la toma de Simacota, surge el Eln, aún en guerra pero en tránsito difícil mas no imposible hacia una solución política. Todos los jefes de Estado han entendido que tan absurda confrontación –sin sustento ideológico– carece de razón mientras se atraviesa como talanquera para desencadenar las inmensas posibilidades de desarrollo, dejando además toda una secuela de huérfanos, viudas, sangre y destrucción.

Lo que para la nación es una oportunidad de desarrollo, para esos avivatos ha sido solo una oportunidad para enriquecerse favorecidos por la desidia y la corrupción.

Si bien la guerrilla nunca tuvo la posibilidad real de tomarse el poder por las armas ni logró dividir al país, hizo mucho daño al desviar recursos hacia la guerra e impedir el surgimiento de una salida de izquierda democrática, algo que sí se dio en otros países de la región.

Por eso, aun con errores e improvisaciones, la paz sigue siendo un buen negocio para los colombianos. Nadie puede pensar seriamente que quien gane la presidencia cometería la torpeza de retomar la confrontación armada con las Farc, ni que a causa de ese conflicto volvamos a copar el Hospital Militar con policías y soldados heridos o lisiados, cuando no muertos en la flor de su vida, dejando familias desoladas.

Con premio Nobel o sin este, ningún mandatario podrá creer que su principal logro no sea conseguir el desarrollo normal del país en convivencia, creando las condiciones para la paz duradera, que depende de muchos otros factores, como los de carácter social e institucional.

Habrá que superar escollos, allanar dificultades y no olvidar a las víctimas ni la aplicación de la justicia transicional. Es más, nuestra historia reciente muestra que los candidatos en cuyo programa no ha figurado como prioritaria la negociación política con las guerrillas son quienes la han intentado con mayor o menor éxito.

En 1982, López Michelsen tenía en su campaña el lema de la paz –bandera del Movimiento Revolucionario Liberal–, pero fue su contrincante conservador, Belisario Betancur, quien, contra todo pronóstico, hizo el mayor esfuerzo posible para conseguirla. En 1998, siendo Serpa el candidato de la paz, fue el conservador Andrés Pastrana quien, ya electo, se “apropió” de la causa de la negociación, con los resultados conocidos.

Uribe, al contrario, ganó proponiendo combatir la guerrilla, pero hizo muchas gestiones discretas para negociar, hasta ordenar la liberación de ‘Granda’. ¡Quién iba a creer entonces que Santos, ministro de la ‘seguridad democrática’, el mismo de la operación Jaque y del pago de recompensa cuando le llevaron la mano del guerrillero Iván Ríos, sería el que, tras denodados esfuerzos casi que imposibles, lograría un acuerdo con las Farc!

Lo censurable es que haya colombianos que han querido sacarle partido económico y clientelista al proceso, como lo han denunciado el Fiscal General, los embajadores amigos, periodistas como María Isabel Rueda y María Jimena Duzán y senadores como Sofía Gaviria. Lo que para la nación es una oportunidad de desarrollo, para esos avivatos –que deben ser judicializados lo más pronto posible– ha sido solo una oportunidad para enriquecerse favorecidos por la desidia y la corrupción.

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ

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