Opinión

Diez años sin López Michelsen

El expresidente tuvo ‘sentido del Estado’ y nunca dejó manosear el fuero presidencial.

19 de julio 2017 , 12:00 a.m.

El pasado martes 11 se cumplieron diez años del fallecimiento del presidente López Michelsen, quien a los 94 de edad seguía lúcido, señalando derroteros sobre política y los problemas del país.

Casi al tiempo, la Academia Colombiana de Jurisprudencia y su presidente, Cesáreo Rocha (último gobernador del Tolima en el Mandato Claro), presentaron, auspiciada por el Colegio Mayor del Rosario y en cinco tomos, la obra del historiador Fernando Mayorga sobre la prolífica trayectoria intelectual y política de López. Son muchas las enseñanzas de su ciclo vital para los jóvenes y muchas, también, sus inquietudes y propuestas, hoy vigentes.

No obstante ser hijo de expresidente, no se hizo políticamente a su sombra.
Comenzó su fulgurante carrera pública muerto ya el ‘viejo López’, maestro de la clase política liberal (cuando el partido sí era tal) que brilló en la segunda mitad del siglo XX con los Lleras, los Lozano, Rocha, Echandía, Turbay Ayala, Liévano Aguirre, entre muchos.

Combatió desde sus inicios el Frente Nacional y la alternación que habían inspirado su padre y sus amigos, y con sus antiguos alumnos de derecho constitucional emprendió la aventura de crear el Movimiento Revolucionario Liberal, que le dio gran sacudón ideológico al Partido y le permitió formar una nueva juventud política. Estuvo casi solo, como él decía, “en los peladeros de la oposición”.

Le tocó vivir otro país, otros protagonistas de la vida pública, formas de hacer política, y otra manera de conectarse con el Congreso, con la opinión y con el Poder Judicial. Nos hace mucha falta

Cincuenta años atrás se reintegró al liberalismo no por lo que Gaitán llamara “las cosas de comer”, como ahora se estila, sino porque en buena parte las banderas del MRL fueron acogidas por Lleras Restrepo en la reforma constitucional de 1968, como la emergencia económica y social, la política de ingresos y salarios, la reiteración del Estado social de derecho, la fórmula revolucionaria del entonces artículo 32, conforme al cual “los planes de desarrollo tienen como objetivo el desarrollo armónico de las clases sociales y de las clases proletarias en particular”, entre otras.

Estrenó la Gobernación del Cesar y como Canciller, en 1968, recibió a Pablo VI en su visita pastoral. Creyó siempre en la necesidad de los partidos y repudiaría la mezcolanza en que hoy estamos de ‘mermelada’ y voltearepismo. Representó la auténtica izquierda liberal, en la oposición y en el Gobierno. Nunca saltó, cual mico juguetón, de una agrupación a otra.

Tuvo ‘sentido del Estado’ y nunca dejó manosear el fuero presidencial. Mantuvo la independencia de los poderes y no hizo del reparto de prebendas a congresistas el principal instrumento de gobierno. Pretendió la gran reforma de la justicia y del régimen territorial, proponiendo, sin desconocer al Congreso, una asamblea constitucional solo para esos temas. Irónicamente, la Corte Suprema se la tumbó aduciendo que solo podía hacerlo el Congreso. Pero 23 años después, esa misma Corte autorizó un extraño mecanismo de reforma que se brincó al Congreso, violando el plebiscito del 57, y utilizando el estado de sitio sentó la peregrina tesis de que en la Carta radicaba la perturbación del orden público.

Después, la Constituyente reformó la justicia, con los resultados actuales. No pretendió convencer a ningún magistrado, ni siquiera a su amigo ‘Chepe’ Esguerra, quien regreso de París para votar en contra. Entonces no se rescataban ‘lobistas’ para influir en las soberanas decisiones de la Corte. Como López era ante todo un profesor de derecho constitucional, no lo descrestaban aprendices y nunca contrató costosas asesorías (algunas de las cuales superan hoy el sueldo anual del Presidente) para defender actos gubernamentales en las cortes. De eso también se ocupaba con atinadas opiniones constitucionales: como debieran actuar los asesores jurídicos de Palacio o los ministros del Interior y de Justicia.

Hay que reconocer que le tocó vivir otro país, otros protagonistas de la vida pública, formas de hacer política, y otra manera de conectarse con el Congreso, con la opinión y con el Poder Judicial. Nos hace mucha falta López.

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ

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