Opinión

De plebiscito a plebiscito

Ese plebiscito puso fin a la violencia liberal - conservadora. Hoy, casi 60 años después, con otro plebiscito cuyas exactas cláusulas probablemente el pueblo no entienda, acabaremos otro medio siglo de guerra.

30 de agosto 2016 , 03:56 p.m.

Durante el pasado fin de semana, varios noticieros de televisión preguntaban aleatoriamente a los transeúntes si habían leído o entendido las 297 páginas del acuerdo final para superar el conflicto armado y construir una paz estable y duradera.

Como era de esperarse, la mayoría de las respuestas fueron negativas, como igual lo hubieran sido si se hubiese hecho lo mismo días antes de la votación del plebiscito del 1.º de diciembre de 1957, que puso fin a la violencia liberal-conservadora que produjo más de 300.000 muertos, la mayoría campesinos y gentes pobres, como escribió Yamid Amat en la introducción de su entrevista del domingo con el presidente Santos.

Son muchas coincidencias. Desde meses antes de su asesinato, Gaitán, con grito desgarrador seguido del silencio de las masas, denunció (en febrero de 1948) la violencia contra el liberalismo. El crimen de abril envolvió al país en una violencia cruenta entre liberales y conservadores.

Las instituciones se rompieron. No había Congreso. La independencia judicial era nula. Se había convocado una “constituyente” espuria que hacía las veces de Congreso y Constituyente. Se produjo el golpe militar del 13 de junio de 1953. Se provocó el incendio de las casas de jefes liberales como López Pumarejo y Lleras Restrepo, quienes salieron al exilio a México. Tras el golpe, Laureano Gómez tuvo que irse a España. El desangre seguía.

En carta del año 56 a una convención liberal en Medellín, López Pumarejo propuso como salida salvadora una tregua en la lucha partidista para frenar la violencia y restablecer el régimen constitucional. Entre tanto, una junta militar derrocó a Rojas Pinilla y convocó, por motivos de orden público, un plebiscito –en verdad referendo– para reformar la Constitución. Reunidos los jefes políticos que antes se odiaban, protocolizaron así el origen del plebiscito y del Frente Nacional, en el pacto del 20 de marzo de 1957.

¿Sabían entonces los colombianos y las colombianas –por vez primera sufragantes– qué estaban votando? ¿Sabían qué significaba la palabra ‘plebiscito’, jamás oída? Tal vez no, pero cuando menos debieron asimilarlo, a las voces del preámbulo, que decía:

“En nombre de Dios, fuente suprema de toda autoridad, y con el fin de afianzar la unidad nacional, una de cuyas bases es el reconocimiento hecho por los partidos políticos de que la Religión Católica, Apostólica y Romana es la de la Nación, y que como tal, los poderes públicos la protegerán y harán que sea respetada como esencial elemento del orden social y para asegurar los bienes de la justicia, la libertad y la Paz, el pueblo colombiano, en plebiscito nacional...”.

Así, con abstención de apenas el 15 por ciento, votaron figuras que no entendían, entre otras cosas: la paridad, para que entre liberales y conservadores durante 16 años se repartieran –y no matarse más– la administración pública, el Congreso y el Poder Judicial; el germen de la alternación, para que durante ese mismo lapso la Presidencia fuera ocupada, en períodos de cuatro años, por un liberal y un conservador; la cooptación, en virtud de la cual los magistrados de las altas cortes, también divididos por mitad entre liberales y conservadores, escogieran los reemplazos, convertidos además en inamovibles de sus cargos al menos hasta la edad de retiro forzoso.

Muchos llamaron a esa salida, con razón, “democracia restringida”. Pero ese plebiscito puso fin a la violencia liberal-conservadora. Hoy, casi 60 años después, con otro plebiscito cuyas exactas cláusulas probablemente el pueblo no entienda, no obstante ser mucho más informado que en 1957, acabaremos otro medio siglo de guerra con los mismos efectos del anterior: sangre, muertos, viudas, desplazados y huérfanos. Es claro que los colombianos no van a votar el 2 de octubre por abstrusas fórmulas jurídicas o políticas, sino por el ferviente deseo de no desaprovechar esta oportunidad para parar la guerra. Es ese el verdadero sentido del ‘Sí’.

Alfonso Gómez Méndez

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