Opinión

¡Salud, ministro!

Gaviria sienta un precedente: dialogar con el opositor con argumentos.

22 de julio 2017 , 12:00 a.m.

Alejandro Gaviria es un ministro atípico, no por su declarado ateísmo, que desató la indignación de algunos moralistas que pidieron su escarnio público aquí en la Tierra, mientras ellos tienen alma de paja, y seguramente con acercárseles un fósforo arderían de aquí hasta la eternidad. Es atípico porque es un político honesto, rara avis, y además, un intelectual, un hombre que piensa al mundo y así mismo.

En su libro de ensayos, 'Alguien tiene que llevar la contraria', título que ya delata una postura, que va en contravía de lo “políticamente correcto”, que tantos ríos de mediocridad ha derramado por la geografía mundial, Gaviria sienta un precedente que es la esencia de la publicación: dialogar con el opositor con argumentos, y no como otros políticos que en Twitter disparan pequeñas dosis de superficialidad y odio para seguir enriqueciendo sus intereses personalistas. Del libro que escribió en los tiempos libres que le deja su arduo trabajo ministerial, quiero destacar dos temas.

Es atípico porque es un político honesto, rara avis, y además, un intelectual, un hombre que piensa al mundo y así mismo

El primero, ‘Estanislao Zuleta y la democracia liberal’, donde el economista, basado en las ideas del filósofo, ha tomado algunas para llevarlas a los espacios del Congreso. Por ejemplo, insistir en que la democracia debe ser más deliberativa que participativa, pues no hay democracia sin diálogo. Y recordar a Zuleta: “Una de las virtudes menos democráticas es la resignación, una de las más democráticas es la esperanza”. Gaviria es pragmático, alejado del idealismo político; cree, igual al filósofo Michael Oakeshott, que, más allá de aceptar la democracia por buena, su razón de ser “es inevitable”. Su imperfección no aniquila su libertad de confrontar el pensamiento.

En ‘De la blasfemia al escepticismo’ hace un recuento de su progresivo “desinterés por las divinidades”. Aquí, lo irónico prevalece: del ateo superficial pasó al teatral y de allí, al “agnosticismo sosegado”. Y pregona que el escepticismo tiene que ir más allá de la especulación sobrenatural y que la imperfección humana “debería ser una de las premisas básicas de la ateología”. Que la sinceridad moral no es óbice para naufragar en la barbarie. Por más abnegado que sea un predicador, sus opiniones no son más verosímiles que las de los demás, pues “la bondad nada tiene que ver con la verdad”. En una época ruin, un brindis por la inteligencia y su salud, ministro.

ALFONSO CARVAJAL

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