Opinión

‘Los divinos’

La novela de Laura Restrepo está basada en el asesinato de la niña Samboní, hada inocente.

06 de mayo 2018 , 11:59 p.m.

Escribir una novela sobre una espantosa tragedia que marcó nuestro reciente pasado exige, además de un temple moral, un hondo conocimiento de las formas literarias. Fue el reto que llevó a Laura Restrepo a escribir ‘Los divinos’, basada en el asesinato de la niña Samboní, hada inocente, princesa de la montaña, ninfa periférica, donde la vida suele ser ruda en las goteras de la ciudad de la pena.

Acudiendo a la investigación y a la ficción, no sabemos dónde comienza una y dónde termina la otra, la escritora escogió un narrador en primera persona, Hobbit, alias Hobbo. A través de él sabemos del Muñeco, alias Kent, de Tarabeo, de el Duque, de el Píldora, un parche del liceo Quevedo, de las clases media y alta bogotana, que comparten los furores ‘non sanctos’ de la adolescencia.

En un lenguaje coloquial y en imágenes poéticas nadamos hacia corrientes cada vez más sórdidas. Sometidos por un aura sombría y vertiginosa. En este entorno, Laura Restrepo construye el rompecabezas para entender por qué un día el mundo se volvió mierda. En el capítulo de la Niña, la trama implacable de la vida hace su dantesca aparición. La frivolidad se hace trizas y penetramos en el terreno de lo atroz. Alias Kent, el muñeco en cuestión, es un adicto a la coca de balero, un embochador, un indiferente, un depredador en reposo, y luego el sexo lo lleva al cielo de su perdición. Es un hijo de la riqueza y la impunidad que esta implica. “Al fin de cuentas, es apenas una niña anónima, invisible”, una deuda social pendiente que debemos abortar.

En un ritmo frenético, la autora muestra todas las cartas y entramos en reflexiones éticas en una sociedad deteriorada, arribista y maloliente. La imagen de la niña sagrada, profanada, picotea nuestra conciencia, vuela sobre ella como una bandada de aves carroñeras.

Pero la escritora va más allá, y de la historia real que conocemos a través de los medios y la justicia, propone un final de ficción que enriquece la literatura y la realidad. Esa vuelta de tuerca nos propone otros imaginarios sin olvidar el horror de lo que sucedió. Allí radica la fuerza de esta novela, sus atributos y sugerencias al lector, porque “si el Muñeco es la cara visible del monstruo, la cara oculta somos nosotros”.

ALFONSO CARVAJAL

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