Opinión

Los bárbaros

¿Quiénes, en realidad, son los verdaderos bárbaros? Es fácil desenmascararlos.

03 de julio 2017 , 01:15 a.m.

La versatilidad de Coetzee es inobjetable. Y entendemos por tal la cantidad de recursos y temáticas que utiliza para escribir en vivo sus creaciones. El drama in crescendo en Desgracia, el homenaje a Dostoievski en El maestro de Petersburgo, o el manejo de varias estructuras en Diario de un mal año. En Esperando a los bárbaros usa el monólogo, al igual que En medio de ninguna parte, donde una voz femenina, poética y delirante, nos sitúa en alguna estepa de Sudáfrica.

En Esperando a los bárbaros escuchamos la voz de un magistrado de fronteras que ve cómo la paranoia del Imperio comienza a nublar el paisaje de torturas y asesinatos, de pescadores y campesinos, porque su comportamiento está lejos de la civilización “occidental”, gente salvaje, inocente, sin codicia: sospechosa. Distinta al hombre blanco y colonizador. La orden es la búsqueda de la verdad, pero ¿cuál es la verdad? Según el coronel Joll del Ejército, siempre se parte de una mentira y entonces hay que presionar para hallar la verdad. “El dolor es la verdad, todo lo demás está sujeto a duda”. Que recuerda el mentado discurso: “El que no piense igual a nosotros es nuestro enemigo”.

Lo que antes formaba parte de un mundo natural, donde sobrevivían lo autóctono y lo nuevo, comienza a ser habitado por el caos, la desconfianza, el odio. El racismo, la intolerancia manchan la historia de Sudáfrica, que Coetzee no señala con límites geográficos ni nombres de lugar: son paisajes que el viento ha cercenado, y solo quedan las voces para dar testimonio de lo que algún día ocurrió. Y el sentido humano, amoroso, se despierta en el magistrado, que encuentra a una joven torturada, con los tobillos hechos trizas, con el silencio desgarrando sus entrañas, y la cuida, la limpia, le lava las heridas, no las cicatrices, pues estas son del alma, imborrables. La devuelve a su hábitat y es encarcelado.

Sus argumentaciones se pierden en el desierto: los bárbaros quieren que se acabe la expansión de poblados en su territorio, que les devuelvan sus tierras, la libertad de ir de un pasto a otro, como hacían antes, pero los verdugos solo reciben órdenes, matan con la jurisdicción en la mano. Este relato moral nos recuerda muchos episodios de la humanidad, que se actualizan a nombre del poder y la verdad y dejan un interrogante: ¿quiénes, en realidad, son los verdaderos bárbaros? Es fácil desenmascararlos.

ALFONSO CARVAJAL

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