Opinión

El silencio de la guerra

Nunca es tarde para la paz, y su camino está lleno de obstáculos, no solo de las partes en discordia

02 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar el silencio de las armas? ¿Por qué preferir la muerte a la vida? ¿La costumbre, la intolerancia, la injusticia, la inequidad, el egoísmo y el sálvese quien pueda han arrasado el valor más sagrado que poseemos? Son tantas preguntas y respuestas enquistadas.

El asumir impunemente todas las formas de lucha para arrasar al enemigo nos obnubiló como país a vivir el letargo de un desangre largo y cruel, donde el fanatismo de las ideologías nos ha hundido en el fango espiritual y material de una nación vibrante, talentosa, pero enferma y víctima de sus propias equivocaciones.

Fue una experiencia inquietante, conmovedora, ver el documental 'El silencio de los fusiles', de la periodista y cineasta Natalia Orozco. Un resumen cronológico y puntilloso del acuerdo en La Habana entre el Gobierno y las Farc. Una mirada desde múltiples vértices. La valía de esta incursión visual es su equilibrio, es decir, dar la palabra a las distintas voces que empuñan y gruñen sus diferencias, pero siempre cediendo para avanzar en el logro de la paz. El hilo argumental jamás se distrae de la esencia de su cometido; por el contrario, lo va labrando en una secuencia permanente, y logra un ejercicio periodístico desligado del oficialismo y de su contraparte. Allí radica la madurez de Orozco, quien lleva dentro de sí haber sido corresponsal de guerra en latitudes lejanas.

Escoger una realización de autor fue un riesgo mayor, mas nunca está por encima de la historia; por el contrario, visibiliza a los protagonistas de la discordia. Ella es un enlace, nada más. Una guía, una intermediaria entre las voces y las imágenes. Eso permite que el espectador haga sus propias conclusiones, su veredicto particular de una guerra que pareciera no tener fin. Santos, Timochenko, De la Calle, Uribe, Victoria Sandino, Pastor Alape exponen con libertad sus argumentos. Nunca es tarde para la paz, y su camino está lleno de obstáculos, no solo de las partes en discordia, sino de un entorno que ha vivido en medio de los plomazos y la victimización del conflicto y, al parecer, se acostumbró a ello.

El documental sirve de pedagogía crítica, indispensable, para mirarnos a través de los actores de esta guerra que ha encontrado en la esperanza otro eslabón para salir del atolladero inhumano en el que estamos envueltos.

ALFONSO CARVAJAL

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