Opinión

El póquer de Santos

Un estadista, pregonero de paz, deja un país distinto, menos colérico y más crítico consigo mismo.

08 de julio 2018 , 11:22 p.m.

En el libro ‘Santos, el jugador’, de Jorge Andrés Hernández, en una respuesta a Patricia Lara, el presidente Santos dice socarronamente que va a ser recordado como “un traidor a su clase” por el proceso de paz con las Farc. ¿A qué clase se refería Santos? Más que a un asunto de sangre noble, apuntaba a esa clase dirigente en la cual han convivido algunos terratenientes, Fuerza Pública, medios de comunicación, empresarios, partidos políticos que pactaron con el diablo (narcos y paramilitares) para mantener el orden y el dominio territorial; de allí nace el monstruo de la ‘parapolítica’, que es el gran foco maligno que azota la nación.

El cuento de que Santos traicionó a Uribe es un mal chiste que han creído muchos; Hernández, en su libro, realiza un panorama de la vida de Santos en el que demuestra cómo se preparó desde joven para la presidencia: por legado familiar ejerció poder desde su casa editorial, y fue ministro de Hacienda, de Comercio y de Defensa, de Gaviria, Pastrana y Uribe. Al carecer de una personalidad carismática, acudió más a Maquiavelo que a una propuesta populista. Además, el candidato de Uribe, el malogrado Uribito, perdió su oportunidad con Noemí Sanín. El 7 de agosto de 2010 marcó su distancia con su antecesor. Durante su gobierno se ha mantenido la corrupción, muchos males arrumados, pues el sistema está enfermo, pero causó un remezón que ha fortalecido nuestra derruida democracia. El acuerdo de paz marcará el rumbo en las décadas que vienen; el ataque de la ultraderecha a la JEP no es casual, es el rabo de paja de los actores de la guerra, entre bambalinas o directamente, y lo que pasó en las últimas elecciones también es una consecuencia de Santos; esos ocho millones de votos que obtuvo Gustavo Petro, en un alto porcentaje son votos de opinión, que desean un país sin odios y más incluyente. Que no es más que lo que contiene el acuerdo. Bajo un gobierno autoritario hubiera sido imposible; bajo un gobierno “débil”, como lo subrayan sus enemigos, ha nacido la esperanza. Ese ha sido el póquer de Santos: el acuerdo y sus consecuencias, incluido el Nobel de la Paz, que lo harán pasar a la historia como ninguno de los anteriores mandatarios, pues aunque no cambió el sistema, sí el modo de pensarnos. Un estadista, pregonero de la paz, que deja un país distinto, menos colérico y más crítico consigo mismo.

ALFONSO CARVAJAL

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