Opinión

Trump, premio nobel de la paz

Según ‘El Príncipe’, un buen gobernante no debe tener otro objeto ni otro pensamiento que la guerra.

18 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

“Trump es ‘maquiavélico’, pero Obama también lo era” escribió Marc Bassets en ‘El País’ de Madrid y cuenta que “hay Maquiavelos y Maquiavelos”… Unos son astutos y maquinadores y otros son “los que, consciente o inconscientemente aplican… los consejos que de verdad Nicolás Maquiavelo dejó escritos en ‘El Príncipe’ ”.

Según el florentino a veces hay que desviarse de las normas morales, o sea, ser inmoral. Cuando en ‘El Príncipe’ se explica qué debe hacer un gobernante para ser estimado, elogia a Fernando de Aragón porque “siempre mantuvo los espíritus de sus súbditos en la espera, la admiración y la ansiedad de su éxito” bélico.

Trump, a golpe de Twitter, mantiene al mundo en estado de ansiosa expectación. Obama, por su parte, nunca fue tan maquiavélico como en su discurso de aceptación del nobel de paz, en el 2009, al repudiar la violencia y la guerra y, al mismo tiempo, saber que la permanencia de su Estado se fundamenta en la violencia y la guerra. Porque un príncipe, escribe Maquiavelo, “con frecuencia se ve obligado a actuar contra su palabra, contra la caridad, contra la humanidad, contra la religión”.

Trump, a golpe de Twitter, mantiene al mundo en estado de ansiosa expectación. Obama, por su parte, nunca fue tan maquiavélico como en su discurso de aceptación del nobel de paz, en el 2009.

Obama citó a Gandhi y a Martin Luther King, apóstoles de la no violencia. Pero añadió: “… no puedo guiarme solo por sus ejemplos… el mal existe en el mundo (…). Decir que la fuerza puede ser necesaria… es un reconocimiento… de los límites de la razón”. Los límites de su pobre razón, por cierto, ya que contradice a la metafísica clásica, la de Aristóteles, Santo Tomás y tantos sabios, que afirma que el mal no tiene existencia propia, sino que es ausencia de bien.

Según ‘El Príncipe’, un buen gobernante no debe tener otro objeto ni otro pensamiento que la guerra, las instituciones y la ciencia de la guerra. Donald Trump, en su gira por Asia instó a Japón a que “compre una cantidad masiva de equipos militares” norteamericanos, contra una población que ha demostrado en las encuestas su adhesión a la política pacifista desde el fin de la Segunda Guerra Mundial (SGM). Y la misma estupidez hizo en Corea del Sur.

Sin inmutarse, demostrando un canibalismo inaudito, aseguró que “se trata de un montón de puestos de trabajo para nosotros”, mientras que en Corea del Sur aseguró que “nos va a pedir millones en equipos (militares) y con ello se reducirá nuestro déficit comercial”. A Trump no se le puede negar su manera de hablar frontalmente sin disimulos ni escondidas: para los políticos, la guerra, el asesinato masivo de personas, es una cuestión comercial.

Trump tiene mérito como para que le otorguen el nobel de paz. Solo faltaría que agreguen a Putin que no festejó el centenario de la revolución bolchevique de 1917 (que se inició el 7 de noviembre, que era 25 de octubre en el calendario juliano vigente entonces), porque tiene sus dudas… Mandó instalar el primer busto del tirano Stalin –que asesinó a más de treinta millones de personas dentro de la URSS– desde que murió en 1953. Y, después, inauguró el monumento a las víctimas de la represión en la URSS.

Por cierto, Stalin todavía tiene admiradores que aseguran que convirtió a la URSS en una potencia después de ganar la SGM. ¡Y qué razón tienen! Sin esta guerra, sin guerras, la tiranía stalinista jamás se habría consolidado y, probablemente, hubiera luchado con el nazismo hasta desaparecer ambos. Y luego se dio la lógica, el peor imperio de la historia, el soviético, cayó sin guerras.

ALEJANDRO TAGLIAVINI
*Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

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