Opinión

La política pervierte a cualquiera

Una cosa son los políticos siendo civiles, y otra muy distinta cuando ejercen el ‘poder’.

04 de diciembre 2017 , 12:32 a.m.

Antes de comenzar quiero destacar que con solo traer este tema a las primeras planas, el Papa ha hecho mucho por los verdaderos derechos humanos y las libertades personales, contra lo que dicen muchos de sus detractores en todo el mundo.

Francisco dijo en Birmania, durante una misa en Rangún a la que asistieron unas 150.000 personas, sin citar por su nombre a la atribulada comunidad rohinyá, la minoría islámica, que: “ Sé que muchos… tienen que soportar las heridas de la violencia… La venganza no es el camino de Jesús”, y pidió “que acabe el conflicto en los estados Kachin, Shan y Rakhine".

Birmania es budista, con una minoría musulmana de un millón de rohinyás. Desde agosto, como respuesta a los ataques de un grupo terrorista autodenominado Ejército de Salvación Rohinyá, los militares iniciaron una campaña que incluyó violaciones, torturas y quema de aldeas. Más de 600.000 huyeron a Bangladés.

Francisco “es bueno y amigable, no como los budistas”, aseguró un peregrino que participó de esta misa que se caracterizó por ser más “espiritual”, sin un solo grito de euforia, marcando una diferencia del catolicismo en muchos países de Asia, el segundo continente donde más crece luego de África.

El Papa se reunió con los integrantes de la cúpula budista, la Shanga, que en contra de la fama de pacifistas que tienen los budistas, algunos apoyan al ideario más extremista y la represión del ejército contra la minoría musulmana. Después, Francisco se trasladó a la vecina Bangladés donde se reunió con una pequeña delegación de rohinyás.

Antes, sin mencionarlos explícitamente, habló muy claramente de las minorías reprimidas ante la consejera de Estado y premio nobel de la paz, Aung San Suu Kyi. En la película ‘Lord of War’, el traficante de armas –Nicolas Cage– sostiene que, en África, los líderes de la independencia se transformaron en los peores dictadores. Por caso, Mugabe.

Aung San Suu Kyi pasó quince años de arresto domiciliario bajo la dictadura militar de Birmania. El arresto terminó en el 2010, después de que, en 1991, recibiera el Nobel de la Paz por su defensa de la democracia y los derechos humanos. En el 2011 comenzó un proceso de apertura en el país y en el 2015 Suu Kyi ganó las elecciones. Ella no preside –por razones burocráticas– pero tiene el poder.

Según distintas ONG, se trata de una “limpieza étnica”. Suu Kyi se defendió y clamó a los cielos que nadie mejor que ella sabe “lo que significa la privación de los derechos humanos” y, sin mencionar a los rohinyá, los llamó “terroristas”. ¿Hay que quitarle el Nobel de la Paz?, pregunta que ha sonado en casos como los de Kissinger, Obama o Arafat. No importa que miles de personas hayan enviado una petición al comité noruego, los estatutos no permiten dar marcha atrás.

“¡Qué vergüenza Aung San Suu Kyi!... ¿(ahora) justificas la carnicería de tu propia gente?” ha dicho Ken Roth, director ejecutivo de Human Rights Watch. Es que una cosa son los políticos siendo civiles –y quizás tengan buenas intenciones– otra cuando hacen campaña y prometen el paraíso terrenal para ganar votos y otra muy distinta cuando ejercen el “poder” que es el de las FF. AA. y policiales del Estado, con las que hacen “cumplir la ley” y, como toda violencia es necesariamente inmoral, se ven obligados a dejar la moral y si, encima, quieren conservar su “poder”, deben usar esa violencia contra cualquiera que pueda inducir una mengua.

ALEJANDRO TAGLIAVINI
Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, Californiawww.alejandrotagliavini.com

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