Opinión

Energía que transforma

El consumo de energía y el producto interno bruto están fuertemente ligados.

30 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Hace un par de años escribía sobre una fotografía nocturna del planeta, enviada por la nueva estación espacial de la Nasa. Resaltaba el contraste entre las iluminadas ciudades y las lóbregas zonas marítimas, y la desafortunada ilusión óptica cuando mirábamos la península de Corea.

Del famoso paralelo 38 de la Guerra Fría hacia el norte parece no existir nada, y su tierra se confunde con la penumbra del mar de Japón y el mar Amarillo. Por el contrario, Corea del Sur brilla, y sobresalen sus más importantes ciudades con tejidos luminosos.

Aunque es difícil tener certeza de las cifras de desempleo, acceso a educación, servicios básicos y distribución de la tierra en Corea del Norte, la imagen de la Nasa nos da pistas sobre el reducido acceso a la energía, la industrialización y la modernidad de sus ciudades. Desde el espacio, tan solo se nota un punto resplandeciente que corresponde a Pyongyang, ciudad que parece una diminuta isla rodeada de oscuridad.

Según el Banco Mundial, el consumo de energía eléctrica de Corea del Norte es de tan solo 600 kWh por persona, cifra considerablemente inferior a los 10.497 kWh de Corea del Sur y a los 7.820 kWh de Japón.

No hay duda. La energía crea oportunidades, destruye pobreza y transforma países

La relación entre energía y riqueza se demuestra en diferentes estudios comparados. El consumo de energía y el producto interno bruto están fuertemente ligados e implican un crecimiento económico y social. Noruega, Canadá, Catar y Finlandia son algunos de los países con mayor consumo por habitante y, a su vez, presentan reducidos índices de desigualdad.

Por otro lado, un análisis de la Cepal sobre los problemas de desarrollo energético y los grupos sociales marginados concluyó que el servicio eléctrico limitado y el uso de fuentes contaminantes como la leña condenan a la población menos favorecida a seguir en condiciones precarias, lo cual demuestra que la energía no es solo un sector generador de recursos, sino el motor de equidad, educación, infraestructura y desarrollo.

Haití y República Dominicana son otro caso que refuerza este análisis. Aunque comparten la misma isla, el consumo de energía del primero es de 39 kWh, mientras que el del segundo es de 1.578 kWh. Todos conocemos la realidad social de ambos.

Nuestro país (donde el consumo de energía aumentó 44 por ciento en los últimos 10 años, mientras que en Venezuela decreció en 3,76 por ciento) tiene sus apuestas en una energía como fuente de progreso, que llegue al 98 por ciento de las familias y aporte a la competitividad de la industria con tarifas eficientes.

Esto se logra si continuamos apoyando este sistema eléctrico, que es ejemplo mundial por su solidez, confiabilidad y sostenibilidad gracias al fortalecimiento que ha adquirido desde el racionamiento de 1992.

Mientras tanto, a más de 15.000 kilómetros, Kim Jong-un enfoca la energía en el lanzamiento de misiles intercontinentales, mientras que la población es absorbida por la oscuridad, con menos acceso a servicios básicos, educación y equidad social.

No hay duda. La energía crea oportunidades, destruye pobreza y transforma países.

Adición: XM –que para algunos ha perdido credibilidad luego de la crisis eléctrica del año pasado– informó que la demanda de energía volvió a crecer en el país. Esto significa que podemos estar experimentando un crecimiento en la productividad o que estamos dejando atrás el impulso de la campaña ‘Apagar paga’. O ambas al mismo tiempo.

ALEJANDRO RIVEROS* Esta columna es la adaptación de un artículo anterior escrito por el autor

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